Informe y vida real

Escuchamos y vimos un mensaje triunfalista del Presidente. El Informe es otra cosa. No lo vimos.  Está contenido en un voluminoso texto con el cual un lector empeñado se puede demorar horas en leer y quizá días en valorar. Para muchos - y para mí también – existe una deficiencia en el mandato de informar “el estado de la administración pública” que impone la Constitución al Presidente, pues no se incluye un para qué el Informe y un cómo tratarlo. ¿Conviene estudiarlo o sólo confrontarlo – o defenderlo - desde posturas ideológicas? ¿O sólo hablar del mensaje posterior a la entrega del Informe?

El mensaje fue un acto mediático, casi de propaganda gubernamental. Fue fastuoso e insustancial. Eso sí, ha desviado la atención del informe y del “estado que guarda la administración pública”. Nadie puede extrañarse que el Presidente de la República ofrezca un mensaje centrado en sus logros, al menos en los que él y su gobierno están convencidos de haber logrado. Sin embargo, la forma es fondo y la forma del mensaje fue exagerada. Por ejemplo: No hace falta invitar a miles. La televisión le hace el favor de llevarlo a millones. No hace falta llevar de espectadores a los empleados del gobierno más costosos por sus altos salarios a escuchar lo que ya saben o para aplaudir al Jefe del Estado. Tampoco usar figuras literarias, por ejemplo decenas de hipérboles, para festejar y tratar de convencer con reiteraciones cansinas aunque quizá capaces de comunicar a algunos de los oyentes y videntes que bastan las palabras para que lo dicho se convierta en realidad. La realidad imaginada, así sea el Presidente quien la imagina, no deja de ser imaginación.

El informe escrito, el que queda para la historia y la memoria es otra cosa. Merece una consideración. Ahí al menos está en números, cifras y datos alguna realidad real. El análisis detenido y escrupuloso del texto permitirá obtener una idea del “estado que guarda” el gobierno mexicano. Por ejemplo, saber si tiene empleados de sobra. Si hay excesiva burocracia. Si las promesas literales tienen fundamento. Si permanece una administración avejentada, controladora, desconfiada y quizá incapaz de llevar a buen puerto lo que los jefes imaginan y mandan. ¿El gobierno gasta bien sus ingresos o no? ¿Disminuyó el  hambre, creció el bienestar? Dejemos el teatro y veamos la vida real mexicana.