Gobierno sin gobernanza

Gobernar es difícil. Quien gobierna debe proveer lo necesario para el bienestar de todos los miembros de la sociedad. Quien gobierna debe atender las necesidades de los gobernados. Quien gobierna debe pensar en el futuro y no hacer cosas o decidir acciones cuya ejecución comprometa la vida y el bienestar de los futuros miembros de la sociedad gobernada. Debido a estos deberes el gobernar es un servicio. Lo han de prestar unos pocos, muy generosos, a favor de todos los demás. Todo esto dice la teoría. La realidad práctica es otra.

Las mediciones oficiales y de organizaciones dedicadas a observar la vida pública y las apreciaciones de los gobernados hablan de un bienestar logrado a medias; de una atención de necesidades a medias y de un futuro promisorio también a medias. Según eso el gobierno, en los hechos, es un gobierno a medias: Varias regiones del país bajo fuego. Desastres ambientales a consecuencia de privilegios a compañías industriales o por negligencia en cuidar agua, aire y residuos. Desigualdad creciente. Política combinada con negocios personales. Pobre capacidad de hacer cumplir leyes y reglas de convivencia.

¿Es injusto decirle a un gobernante quien se ha prestado con generosidad a hacer un servicio de difícil realización a todo el resto de la sociedad, que es un gobernante a medias? No lo es. En los hechos el dicho se ajusta a la realidad. Vivimos a medias. ¿Sucede así por la mala voluntad de los gobernantes? ¿Por qué caen en la tentación del dinero, la soberbia y el orgullo? ¿Por ineptos? No lo creo. No sólo por eso, en todo caso. Al menos existe otro factor: Ausencia de gobernanza.

Este extraño vocablo se refiere al gobierno con ciudadanos para reducir la tentación del autoritarismo. Lo decisivo de un gobierno es lograr la aceptación, la confianza y la satisfacción de los gobernados. Un régimen autoritario lo consigue con intervencionismo de la autoridad. Una democracia lo hace al crear, mantener y enriquecer las condiciones para que los ciudadanos “se gobiernen” y sólo en caso de peligro, desorden y excesos intervenga la autoridad. Quiere decir ciudadanos generosos y serviciales; con temple, decididos y aptos para “entrarle” a la gobernanza. Y bien que los hay. Participan de buena fe en mil y un espacios. Unos civiles otros propiciados por el gobierno. La autoridad escucha. No más. A medias.