Educación, agua y basura

Se dieron a conocer los resultados del censo educativo realizado por el INEGI y la SEP. Dos datos llamaron la atención: El alto número de personal “no encontrado” en su lugar de trabajo y el alto número de comisionados, es decir personal que no realiza las labores para las que fue contratado. También se cuestionó el alto número de escuelas sin condiciones mínimas de infraestructura: Agua y drenaje, sanitarios y energía eléctrica. La crítica pública hace ver la fuga de presupuesto público que tales datos implican.

El secretario de Educación Pública y otros altos funcionarios comentaron algunas medidas inmediatas y otras a medio plazo con las cuales atenderán la situación. Bien. Con estos ingredientes (datos y decisiones anunciadas) se forma uno la idea de que ahora sí ciertas añejas deficiencias en la educación pública serán corregidas.

Sin embargo, es notable el desinterés general acerca de estos temas. Se publicaron los datos, las autoridades explican, reconocen y anuncian los correctivos; algunas organizaciones de la sociedad civil declaran su interés por vigilar y además exigir otras medidas adicionales para corregir otras deficiencias ya conocidas y no relacionadas con el censo, por ejemplo, la formación de docentes y la gestión educativa, aun atrasadas. Y ya. Es muy poco. ¿No caemos en la cuenta de la trascendencia de la educación mal administrada, con gastos excedidos y con evidencia de malos manejos históricos del personal y de los dineros? Por mucho menos en otros países, por ejemplo España o Chile, las calles se llenarían de protestas y exigencias radicales. ¿Cuál es la causa, motivo o razón de que en México seamos tan complacientes con las deficiencias de la educación? ¿Nos acostumbramos? ¿Perdimos confianza? ¿No creemos en la autoridad? A saber.

Quizá se nos dificulta participar frente a datos, números generales y asuntos un tanto invisibles. Si así fuera hay dos datos viejos que podrían llamarnos a protestar con energía o a confirmar nuestra indolencia. La educación en México no ha logrado formarnos en dos costumbres sencillas y trascendentes: Cuidar el agua y poner la basura en su lugar. Si le pusiéramos cifras a las consecuencias de ambas deficiencias, los millones serían billones. ¿Qué tal si exigimos a los maestros el “logro educativo” de personas formadas y practicantes de tales costumbres?