Civilización o barbarie

Hace varias décadas circuló por todos los ambientes del país y aun de otros países latinoamericanos un escrito bien editado y de factura modesta. Se titulaba tal como esta columna. Predicaba una contundente condena del comunismo como doctrina, ideología y política, a la vez que ensalzaba al capitalismo occidental como doctrina, ideología y política eficaz como ninguna para cumplir los sueños civilizatorios de la raza huma. El escrito a mí y a varios conocidos nos resultó ilegible a partir de la misma primera página. Tal era la cantidad de sofismas, falacias y demás ataques a la lógica.

Sin embargo, a pesar de todo, se podía reconocer la estructura del texto: Contraponer los adelantos de la órbita capitalista a los excesos de violencia del Estado comunista. Un ejemplo especialmente engaña bobos era la educación de los niños. El comunismo los sustraía de su familia biológica, los internaba en un lugar inaccesible, los adoctrinaba y los convertía en robots defensores del comunismo y dóciles al Estado. Mentira podrida. En cambio Occidente aceptaba a los padres y madres como los únicos responsables de la educación de los hijos. La escuela era  para preparar lo necesario con vistas al futuro, y fueran hombres y mujeres “de provecho” para sí mismos, para la patria y al modelo de trabajo occidental. Ilusión no cumplida.

¿Qué diríamos si hoy apareciera de nuevo ese escrito? Las realidades han cambiado de manera brutal. No puedo calificar de “bárbaro” a nuestro país o a otros de Occidente. Sí puedo decir que el sueño civilizatorio se ha diluido y casi desaparecido del horizonte de futuro. Igualdad y Libertad son los valores no negociables de la civilización nacida en Occidente. Hoy la desigualdad campea por sus respetos. La libertad está amenazada por una cultura de la violencia casi sin freno, invasora de cada vez más territorios de la cotidianidad mexicana. La igualdad no es amiga del capitalismo, pues una sociedad de mercado sin correctivos oportunos y drásticos enriquece al capitalista y empobrece a todos los demás. La libertad es amiga del estado de derecho, ese que cada vez se ve frenado y entorpecido por corrupción, ideologías excluyentes e ineficacia de los aparatos del Estado.

Está en el olvido la fraternidad, ese tercer valor, no capitalista u occidental. Sí revolucionario, universal e indispensable para convivir.