Calidad de la educación

Es una expresión usada a discreción. Personas, autoridades, funcionarios, empresas la usan para diversas finalidades y propósitos. Con “calidad” se expresan necesidades, demandas o un cierto deber ser de la educación. Sin embargo, es una expresión con muchos significados, algunos contradictorios entre sí. A la hora de las precisiones y las realidades ayuda muy poco. La educación es, y puede ser, muchas cosas, ideas o esperanzas. Dos ejemplos recientes ayudan a empezar a pensar en la necesidad de otro referente para la educación.

Los jóvenes “no admitidos” a las universidades públicas del país. En cifras gruesas, son la mitad de los aspirantes. El argumento principal fue “no hay cupo”. ¿Los admitidos aprobaron el examen? No se sabe. El hecho del rechazo por cupo y la admisión  por prelación con base en los resultados, no necesariamente aprobatorios, del examen es un problema nacional. Aceptación o rechazo por cupo, equivale a decir por falta de presupuesto público para la educación superior pública. ¿Tiene lógica? Los aspirantes a estudios superiores ya tuvieron entre doce y quince años de estudios en alguna institución educativa, y obtuvieron un certificado válido. ¿Por qué han de demostrar su capacidad mediante un nuevo examen? ¿No se confía en la certificación? No es eso. No hay presupuesto.

Por otro lado, la época del “pase automático” demostró que los años previos en el sistema educativo sí pueden ser insuficientes para que el aspirante obtenga el mínimo de preparación necesaria para estudiar en la universidad. ¿Qué sistema educativo hemos organizado tal que gasta millones de pesos en preparar y certificar a jóvenes que no van a ser aceptados en el nivel superior al que aspiran con todo derecho? Y no se aceptan porque “no están preparados”. Es decir, el gasto en ellos ha sido inútil. O peor: pagamos por ver quiénes son los mejores. Lo que pase con los rechazados, no le importa al sistema.

Los profesores declarados no aptos para una plaza. El reciente examen para aspirar a una plaza indicó 6 de cada 10 sustentantes no aptos. Igual. Profesores con título certificado por una Escuela Normal, en quienes se han invertido muchos millones, no son aptos para una plaza. Tampoco hay plazas para todos. ¿Cuál es la lógica?

Un cierto discurso de “calidad educativa” ha desvirtuado el “derecho a la educación y al trabajo”.