Año nuevo, ¿nueva democracia?

Algo tienen ciertas fechas. Las asociamos a cambios benéficos, cual residuo imaginario de tiempos ancestrales, cuando los humanos creían en la influencia espiritual de los cambios naturales. Un año finaliza y finalizan en el imaginario social los males sucedidos. Un año comienza e imaginamos el fin de maleficios y llegada de beneficios. Nada se pierde con algunas horas o algunos días de magia. Del modo real se encargará la realidad.

Esa realidad anuncia y evidencia la deficiente democracia mexicana. Catorce años después de la primera alternancia democrática, cuarenta y ocho (desde 1968) del fin del “revolucionarismo” (o ciego afecto por una cierta Revolución Mexicana) y a veinte de la entrada de la economía mexicana al consenso cuasi-mundial por el libre mercado; nuestra democracia padece. En medio de rituales y apenas con un diseño precario de gobierno democrático, se duele de ineficiencia y de un largo e inconcluso parto de la gobernanza digna de la sustancia democrática.

Pobreza primero, inseguridad después, malestar social y familiar creciente, y ciudadanos aun apartados de la gestión de los bienes públicos, son indicadores del imperativo de generar, con medios democráticos, un nuevo ciclo democrático. Durante más de cien años hemos insistido en un Estado fuerte capaz de proporcionar a todos lo necesario para el desarrollo. El resultado es el desarrollo de sólo una parte de la población y el empobrecimiento de la mayoría. Se insiste en ofrecer al ciudadano, participación política mediante partidos políticos. El resultado es una “partidocracia” burocratizada, alejada del pueblo y barrera infranqueable para el crecimiento político de gran parte de los ciudadanos. La seguridad depende de un edificio de varios pisos, donde la deficiencia del piso de abajo se cubre por el piso superior: Llegamos al último piso y la delincuencia está hoy más organizada que en cualquier otro momento de la historia reciente.

Ejemplo de cambio. De cara al proceso electoral: retirarle a los partidos el permiso para proponer candidatos. Y se acepte a todos los que quieran serlo o a quien se apoye con cierto número de firmas. Los partidos pueden invitar a los candidatos, una vez registrados, a competir bajo su bandera; el candidato decidirá. Claro, cero pesos a los partidos para campañas y otras ficciones seudoelectorales. ¿Imposible?