LA CAUSA Y LO CAUSADO

Hablemos de frivolidad

El ejercicio del poder debe caracterizarse por su adustez, sobriedad y austeridad, nunca por la fatuidad o la frivolidad. En cada una de sus acciones, un individuo demuestra su personalidad; en un servidor público, su comportamiento expresa tanto su personalidad como el tipo de gobierno, Estado o régimen del cual forma parte. En lo público y en lo privado, por sus hechos lo conoceréis.

Por muchos años una de las reglas no escritas del sistema político fue la discreción. Por supuesto que existieron excesos, uso patrimonial y desvío de los recursos públicos, pero también existía un control absoluto del gobierno sobre estos temas. La Secretaría de Gobernación tenía los medios para mantener ocultos los excesos de los políticos, me refiero a amantes, casas, ranchos, cuentas de banco, automóviles, viajes y más, estaban fuera de la arena pública, únicamente circulaban de boca en boca o en chistes que nacían en las carpas de barrio y se esparcían en los sectores populares.

Cuando la corrupción en la clase política llegó a niveles altísimos durante el gobierno de José López Portillo, cuando la deuda pública se disparó, lo mismo que la inflación y el modelo de desarrollo se agotó, vino la renovación moral de Miguel de la Madrid Hurtado. El concepto de servidor público apareció en el entramado legal con derechos y obligaciones, pero esto no fue suficiente para detener la pérdida de legitimidad del régimen. Poco a poco, elección tras elección, la pluralidad avanzó hasta lograr el relevo en la Presidencia de la República.

La democracia mexicana propició un relevo en la élite, pero no el fortalecimiento de la cultura del servicio público. Vicente Fox cambió la estrategia de comunicación. Los nuevas tendencias del marketing indicaban que el político debía volverse un personaje cercano, romper la barrera del líder, caudillo o servidor público para establecer un modelo interactivo entre gobernante y gobernado. Esto que en teoría suena muy bien, en el caso mexicano desnudó a la clase política porque mostró sus excesos y frivolidades. Con Fox fue desde el precio de las toallas de los baños de Los Pinos hasta los viajes de la esposa del presidente con fines particulares. Se acabó el control por la irrupción vertiginosa de internet y su variedad de herramientas para dar seguimiento a cualquier personaje, divulgar información y romper cualquier cerco informativo. Ahora todos somos periodistas, podemos grabar, tomar fotos y postearlas en una red social.

Las posibilidades tecnológicas han hecho posible que la opinión pública conozca los excesos de priistas, panistas, perredistas, legisladores, servidores públicos y demás personajes cercanos al poder, revelando una característica más en la que han caído algunos de ellos y de ellas: el cinismo.

Cinismo que amparado por la impunidad que prevalece en México, coloca a los políticos en unos de los últimos lugares de valoración social. Esto ocurre cuando algunos de los integrantes de la clase política sienten que tienen el derecho de estar y ser de una élite con todos los privilegios que esto conlleva y olvidan su carácter de servidor público. En términos coloquiales esto significa "perder el piso", o más aún, "subirse a un tabique y marearse".

¿Cómo cambiar este comportamiento? ¿Cómo generar una cultura del servicio público?

Primero debe reconocerse que no toda la clase política actúa así. Debe avanzarse en concretar las reformas que permitan el funcionamiento del Sistema Nacional de Transparencia y del Sistema Nacional Anticorrupción. Si tenemos unos sistemas efectivos en estas materias, la discrecionalidad e impunidad se reducirán.

*Coordinador parlamentario del PRD en el Senado de la República.

Twitter: @MBarbosaMX