En pocas palabras...

La violencia en los estadios

En 1990, al finalizar un Clásico Monterrey contra Tigres en el estadio Tecnológico, donde los Rayados perdieron un gol a cero, me tocó ser testigo y partícipe de un episodio de violencia debido a la irresponsabilidad de la Policía.

Comandados por un oficial de apellido Azpeitia, el cual tengo entendido ya falleció, los uniformados comenzaron a repartir golpes a diestra y siniestra, por lo que las cosas se salieron de control de fea manera.

En ese entonces Sócrates Rizzo García era alcalde de Monterrey y Mario Humberto Gamboa secretario del Ayuntamiento. El director de Seguridad Pública era Luis Carlos Treviño Berchelmann, quien después de investigar a fondo ordenó el cese de al menos ocho elementos que habían abusado de su autoridad.

Aquella ocasión hasta unos macanazos alcancé, en honor a la verdad por andar de entrometido.

El pasado sábado 15 de febrero, mientras los Rayados eran arrasados por el León en la cancha, en las gradas los aficionados eran apabullados por los supuestos guardianes del orden.

Las imágenes no dejan lugar a dudas, al ver a los policías peleándose como pandilleros con los integrantes de La Adicción. No estoy justificando a los jóvenes, lo que digo es que esos elementos carecen de la más elemental capacitación.

Hay métodos para someter y, en todo caso, arrestar a los rijosos, y en ese momento parecía más un pleito callejero que otra cosa. Por fortuna no pasó a mayores pero estuvo cerca de ocurrir una tragedia.

Estoy a favor de que las autoridades acaben con los brotes de violencia de unos cuantos inadaptados, y para ello deben tomar medidas de seguridad antes de los partidos. Pero sobre todo, actuar con inteligencia.

Siempre que acudo a algún encuentro de futbol lo hago acompañado de mi familia, y por ello procuro alejarme de la zona donde están las barras. Me consta que la Policía tiene prejuicios en contra de esos jóvenes y muchas veces sin justificación alguna los agreden.

Entiendo que no es sencillo controlar a una turba de muchachos enardecidos, y mucho menos si los responsables de la seguridad son los primeros que ponen el desorden.

miguelangel.vargas@milenio.com