En pocas palabras...

Las lluvias y el voto de castigo

En el estado de Puebla, donde vivimos desde hace dos años, la temporada de lluvias inicia en el mes de mayo y concluye formalmente en septiembre, aunque todavía en octubre se registran algunas precipitaciones.

En las zonas identificadas como el Valle de Puebla y Tehuacán, el nivel máximo del agua alcanzó 850 milímetros cúbicos en años críticos. En el 2010 se contabilizaron más de mil milímetros cúbicos.

Apenas el año pasado, los milímetros descargados a la superficie poblana sumaron los mil 390 en 12 meses, de acuerdo con las estadísticas de la Comisión Nacional del Agua.

En el caso de Nuevo León, esto en el 2013, las lluvias totalizaron 756.5 milímetros cúbicos. El mes donde hubo más precipitaciones fue precisamente septiembre con 291.3 mm3.

Por eso se consideran atípicas las lluvias del pasado viernes, las cuales no sólo evidenciaron la mala calidad de la obra pública en proceso, sino la deficiente planeación de una de las metrópolis más desarrolladas del país y a la vez tan vulnerable.

Es una lástima que todo este progreso que cautiva a propios y extraños cuantos nos visitan, sea también ejemplo de cómo no se debe construir en zonas de montañas y cañadas.

Ahora, con el poder de las redes sociales, a nivel nacional y fuera de nuestro país, llaman poderosamente la atención las imágenes de las corrientes de agua que arrastran vehículos como si fueran barquitos de papel.

Lo peor de todo es que no hemos aprendido a lo largo de tantos años de tragedias como las de 1988 con el huracán Gilberto o las del 2010 con Alex, y ahora hasta unas lluvias fuera de temporada provocan tanto caos y destrucción.

Tampoco se trata de politizar un tema tan delicado, pues la responsabilidad recae en funcionarios de diferentes partidos, pero los ciudadanos no hemos sido capaces de exigir y, sobre todo, utilizar la única y más poderosa arma que tenemos: el voto de castigo.

miguelangel.vargas@milenio.com