En pocas palabras...

Señores políticos: ¡pónganse a jalar!

El Ejército, junto con la Marina, son las únicas instituciones de las que todavía nos sentimos orgullosos los mexicanos. En los últimos años han sido un verdadero bálsamo ante el incesante acoso del crimen organizado.

En Nuevo León hemos contado con el apoyo incondicional de las Fuerzas Armadas luego del fracaso de los municipios, y del propio estado, para contener la violencia generada por las organizaciones criminales que se apoderaron de sus corporaciones policiacas.

Por eso no se vale que los políticos (del PRI y PAN) traten de utilizar indebidamente el tema de la inseguridad para ganar posiciones, y mucho menos que pretendan manchar la honorabilidad de las instituciones castrenses.

Su aporte a la tranquilidad y bienestar de los nuevoleoneses está a toda prueba, y por ello resulta injusto que los intereses partidistas quieran confundir a la opinión pública.

Ni el Ejército ni los marinos tienen la culpa de la incapacidad probada de los gobiernos locales, como para que ahora los diputados y alcaldes panistas y priistas insinúen que están buscando la manera de abandonar sus tareas de vigilancia en la entidad.

La decisión de sacar a las Fuerzas Armadas a patrullar las calles ha sido tan cuestionada como aplaudida, porque fue una medida unilateral de Felipe Calderón, que también la utilizó políticamente durante el sexenio anterior.

En tiempos de Vicente Fox, el entonces presidente panista consultó a sus asesores, y estos lo rechazaron. El principal argumento era constitucional, pues no estaba dentro de las funciones establecidas en nuestra Carta Magna.

Para eso están las corporaciones preventivas, y tal parece que se nos ha olvidado, sobre todo a nuestros políticos, que ahora lo someten a la discusión pública tratando de distraernos.

La responsabilidad de garantizar la seguridad es del estado y, por supuesto, de los municipios, que hasta ahora han fallado. En lugar de politizar un asunto tan delicado, deberían ponerse a trabajar más, porque los ciudadanos seguimos preocupados por las historias de terror que vivimos o escuchamos de familiares y amigos cercanos.