Articulista invitado

Relato de un casco santificado



La imagen le dio la vuelta al mundo. (Especial).

Al atardecer del miércoles 31 de enero de 1979, desde una multitud apretujada en el lecho del río Santa Catarina, en Monterrey, surgió un clamor portentoso cuando en el puente de San Luisito don Enrique Aguinaga Saucedo, fogonero jubilado de la Fundidora Monterrey, se quitó el casco y lo colocó en la cabeza de un sorprendido y divertido Juan Pablo II, para en ese momento consagrarlo Papa obrero.

Las fotografías dieron la vuelta al mundo. Tocado con yelmo siderúrgico y lentes de cobalto, Karol Wojtyla pareció anticipar por partida doble la aparición y  lucha de Solidaridad: un pontífice polaco y un obrero de su Iglesia.

El inesperado gesto de don Enrique tomó por sorpresa a los organizadores y a los anfitriones que habían ido a extremos para asegurar que fuera un contingente anónimo el que representara al devoto proletariado nacional ante el papa. Así que cuando Wojtyla se alzó con el tocado y el maestro de ceremonias se dejó arrebatar por el entusiasmo y gritó “¡Un obreeero de Fuuundidooora Monterreeey ha colocado su casco al saaanto paaadre!”, y esto se escuchó en vivo alrededor del planeta, yo, que estaba muy cerca, quise imaginar que al mismo tiempo en el Obispado y en algún corporativo de la ciudad hubo infartos, desmayos y ataques de erisipela.

Aquello sucedió hace 35 años y hoy, que en el Vaticano la Iglesia consagra la santidad del Papa obrero, es un buen día para revelar la verdadera historia detrás de aquel gesto. Fue un acto espontáneo, sí, pero el casco y los lentes eran míos. Yo mandé ponérselos a Juan Pablo II.

Aquel invierno yo ocupaba la gerencia de Relaciones Públicas de Fundidora Monterrey. Entre las actividades propias del cargo tenía la encomienda de ayudar a que una administración y un sindicato que nomás hablaban para mentarse la madre, por lo menos, se sentaran a la misma mesa.

La recién estatizada Fundidora no era bien vista por los reaccionarios —en el argot de la época—, para quienes los directivos eran chilangos socializantes, el sindicato una turba radical enemiga de la productividad, y yo, cliente favorito de las columnas políticas locales, desorientado, populista y rojillo (sic). Ahí supe que nunca brillaría en sociedad.

Cuando se anunció la visita de Juan Pablo II a Monterrey y se integró el comité organizador de los fastos, me enteré de que entre los obreros elegidos para saludar al papa estaba don Enrique, y pensé que el pontífice podría singularizar a un trabajador y a una empresa, la mía. Así que me reuní con aquel hombre de pelo blanco y talante afable que desprendía cierta luminosidad. Con no poco trabajo, lo convencí de la virtud y las bendiciones que nos traería entregar al papa un regalo tan simbólico. Lo equipé con prendas donde había mandado coser, imprimir y dibujar el logo de Fundidora lo más visible posible, y le di mi casco y mis lentes de cobalto… con el inconfesable propósito de que me compraran algo de protección para el más allá si eran colocados en la santa testa.

El día de la visita los jacobinos de la empresa y del sindicato, con sus familias, se agolparon en el balcón del penthouse del Condominio Acero, desde donde se domina la vista al puente San Luisito. Todos declararon interés sociológico, antropológico e histórico en la ceremonia. Ninguno pudo explicar cómo o por qué aparecían rosarios y escapularios por doquier.

Y llegó el momento del saludo obrero. Uno a uno avanzaron los agraciados, hincándose ante el pontífice para recibir la bendición. Don Enrique fue el último. Al incorporarse, no siguió a sus compañeros. Su mano derecha se introdujo bajo la pesada chamarra, y catorce pisos arriba sentí la ola de tensión que recorrió a los miembros del Estado Mayor que estaban a unos metros. Apareció la mano con un paliacate. Don Enrique se quitó el casco. Con parsimonia limpió el interior mientras el papa lo miraba con azoro, y ¡zaz!, se lo colocó sin que éste metiera las manos.

Entonces se armó la barahúnda. Un aullido de fervor y placer salió de las miles de gargantas reunidas en el lecho del río y se escuchó hasta el Santuario de Guadalupe. El maestro de ceremonias perdió el control. Clamó, se desgañitó: “¡Un obreeero de Fuuundidoraaa Monterreeey ha colocado su casco al saaanto paaadre!”. Los jacobinos en el balcón olvidaron sus convicciones y se santiguaron.

Unos minutos después me buscó por teléfono Jorge Leypen Garay. Su tono severo apenas matizaba la risa: “Fuiste tú, ¿verdad? ¡Don Fulano y don Zutano del Grupo Equis y del Grupo Zeta están furiosos y quieren quejarse en Los Pinos! ¿Qué les voy a decir?”. No lo pensé mucho: “Diles que fue un acto de Dios”.

Tal es la verdadera historia del casco de Juan Pablo II y de la imagen del Papa obrero que recorrió el mundo.