Bambi vs. Godzilla

¿Es China la causante de que Michael Bay aún tenga carrera?

En Transformers: El Último Caballero, la inexplicable quinta entrega de la franquicia sacada de la línea de juguetes de Hasbro, las naciones del mundo están en guerra con los Transformers y han creado un ejército que los combata. A falta de Optimus Prime, la clave para la paz de este conflicto es una reliquia que data de los tiempos del Rey Arturo porque, resulta ser, los Transformers estuvieron en todos los episodios de la historia de la humanidad, codo a codo con figuras como Lancelot o Hitler. El elegido para conciliar a terrícolas y autobots es, por supuesto, Cade (Mark Wahlberg), el mecánico texano que heredó esta franquicia de su original protagonista Sam Witwicky (Shia LaBeouf ).

Sin coherencia alguna con la historia y personajes que se han estado desarrollando desde el 2007, El Último Caballero es un intento doloroso y desvergonzado de evocar una decena de recientes hits de la cultura pop, antes que ocuparse de su propio universo. Sus primeros minutos son un pasaje del Rey Arturo que en realidad está colgándose de Game of Thrones; luego, de la nada, sale una pandilla de chicos que referencia a Stranger Things, luego vamos a otro planeta para ver una viñeta a la Guardianes de la Galaxia, luego una película de guerra, luego una comedia romántica. En todo esto los autobots tienen poco o nada que ver. Los cambios de género y tono entre cada acto son tan drásticos que, más que escrita por Akiva Goldsman, parece dictada por un niño jugando con sus figuras de acción de Transformers. El pecado imperdonable de Michael Bay es haberle dado a este instrumento de tortura la obscena duración de dos horas y media. Si es absurda desde el minuto uno, ¿por qué extenderla tanto y, peor aún, darle una escena post créditos?

Decidí hablar de Transformers no solo porque es divertido y práctico reseñar malas películas. Todavía más las de Michael Bay. También, y sobre todo, porque esta película es un síntoma de todo lo que está mal en la fórmula del cine comercial.

Junto a Piratas del Caribe o La Momia, Transformers forma parte de una epidemia de franquicias desaprobadas por la taquilla y la crítica. ¿Por qué los estudios siguen aprobando secuelas de sagas que a todas luces están financiera y creativamente fatigadas? La respuesta está en los mercados globales. Latinoamérica y sobre todo China son las audiencias que rescatan a estas producciones de los números rojos, dándoles ingresos que las vuelven rentables y justifican. El gobierno chino permite en sus pantallas el estreno de apenas una treintena de cintas extranjeras por año. Todos estos estrenos tienen en común una nula carga ideológica y religiosa. De ahí que existan películas deliberadamente huecas e inofensivas como Transformers: El Último Caballero, acaso diseñadas para pasar los filtros de los censores en Asia. La buena noticia de esto es que Hollywood está dejando que otros países prefiguren sus contenidos. Será difícil que, de la noche a la mañana, chinos y latinos (y chinos latinos) mandemos un mensaje a Estados Unidos yendo en masas a ver otras películas. Mientras eso no pase, los Michael Bays y Adam Sandlers del mundo nos seguirán torturando.

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