Bambi vs. Godzilla

Dar miedo no es la prioridad de "Eso"

Antes de estrenarse, la nueva adaptación de Eso, de Stephen King, ya era un éxito por el hecho de convertirse en fenómeno cultural. Los memes estallaron, hombres adultos comenzaron a vestirse de payasos y pararse en las calles con tétricas intenciones, payasos profesionales expresaron su inconformidad ante una película que dañaba la imagen de su oficio y los haría perder trabajo. Esta fiebre se monetizó en un impresionante récord de taquilla, volviéndola el estreno de terror más recaudador en la historia. ¿Valió la pena dejar sin empleo a tanto payaso de fiesta infantil?

Encomendada al director argentino Andy Muschietti, la historia de un grupo de chicos impopulares que se enfrenta a Pennywise, un monstruo que se le aparece a cada uno en la forma de un payaso de circo, está escrita y filmada con sensibilidad superior a la del cine comercial promedio y es sumamente disfrutable. El problema es que “disfrutable” no es el adjetivo más honroso que se le puede dar a una cinta de terror.

En contraste con sus contemporáneas de género, Eso no es una acumulación de sustos que solo sabe jugar con nuestros nervios en situaciones específicas; como cuando el sol se oculta y los personajes están acorralados en algún rincón y no han mirado qué hay a sus espaldas. Muschietti tiene claro que Pennywise representa la maldad en una comunidad y tiene embrujada no a una casa, no a una persona sino a toda una ciudad. Los habitantes de Derry padecen cierta amnesia que les impide recordar que, cada veintisiete años Eso reaparece para irradiar una maldad que hace de esta región la zona con más muertes en el estado de Nueva Inglaterra. Es quizá por esta trama de terror colectivo que, por más acertada que sea la actuación de Bill Skarsgård como Pennywise, sus secuencias no estremecen de la misma forma que, por ejemplo, las de la franquicia El Conjuro. Al no provocar ese nivel de espanto ¿esto le resta valor automáticamente? Habrá para quien sí, habrá para quien no. Lo cierto es que aquí hay mucho más que momentos para gritar y cubrirse los ojos.

Esas son sus peculiaridades como relato. Como producto, se nota que está moldeada ya no digamos a gusto de las masas, sino a gusto de la afición de Stranger Things; temporalmente ubicada en los ochenta (la original ocurre en los cincuentas y salta en el tiempo hasta los ochenta), y limitándose a la infancia de sus protagonistas, en vez de mostrarlos también en su faceta adulta, como la hacen la novela y la serie de televisión. Para compensar este afán de repetir lo ya probado, la labor de casting y el desarrollo de personajes son triunfales al no clonar la pandilla de Stranger Things (pese a haberse traído a uno de los estelares de la serie de Netflix) y obtener su propio club de perdedores, todos entrañables e inolvidables.

Lo que impide a Eso consumarse como verdadera buena película es la desconexión y disparidad de tono que hay entre trama principal (el monstruo que acecha) y subtramas (las vidas de las víctimas). Cuando el Pennywise que creó Tim Curry para la versión televisiva estaba ausente, lo único en que podíamos pensar era cuándo volvería a aparecer. Cuando el Pennywise de Bill Skarsgård no está a cuadro, nos deja en compañía de una comedia romántica y de aventuras. Pagamos por ver una película y recibimos dos. Es una ganga, no un nuevo clásico.

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