Bambi vs. Godzilla

"Operación Red Sparrow": ni cosifica ni empodera

El meollo del complicado diálogo sobre feminismo que se tiene en la esfera pública es más o menos expuesto en Operación Red Sparrow. No es que esta sea una cinta basada en un caso relacionado con los movimientos #MeToo y Time’s up, sino que trata sobre el sexo consensuado y la perspectiva con que una mujer puede ejercer su sexualidad.

De nuevo en mancuerna con Francis Lawrence, director de las últimas tres Los Juegos del Hambre, Jennifer Lawrence es Dominika, la bailarina estelar del Ballet Bolshoi de Rusia quien, luego de fracturarse durante la estupenda escena inicial de la cinta, queda incapacitada para dedicarse a la danza. A esta altura de la trama me emocioné: El Bolshoi como tema da para mucho. Antes de que Hollywood lo volteara a ver, esta institución rusa ya resolvía sus diferencias políticas y creativas a la usanza del thriller. En 2013, su director artístico fue atacado con ácido en la cara por dos hombres contratados por uno de los bailarines de la compañía. Ha habido también amenazas de muerte, protestas, desobediencia política y doxing en contra de sus integrantes. Para la mala suerte de mi morbo hacia el Bolshoi, Red Sparrow no va por ahí. Arriesga más yendo en otra dirección. Siendo la estrella de una compañía artística que depende del Estado, el personaje de Lawrence recibe del gobierno la propuesta de emprender otra carrera, esta vez como espía. A cambio de conservar prestaciones médicas y de alojamiento, Dominika es enviada a un programa secreto que recluta a hombres y mujeres físicamente atractivos para entrenarlos a usar su sexualidad como arma de manipulación. Su primera misión será seducir y obtener secretos de Nate Nash (Joel Edgerton), agente de la CIA quien, gracias a un informante al interior del gobierno ruso, ha logrado avances en la obtención de información confidencial.

La cuestión en toda cinta de espías se reduce a quién trabaja para quién. Agentes dobles, traiciones, la identidad del informante secreto. Ese juego de apariencias sucede a lo largo de Operación Red Sparrow, aunque su principal cometido no es llevarnos al borde de nuestro asiento desenmascarando a héroes y villanos. En un comienzo, cuando Dominika regresa de su entrenamiento para convertirse en Red Sparrow, confronta a su tío, un alto oficial de gobierno que es quien la indujo al espionaje, y le reprocha: “¡me enviaste a una escuela de putas!”, dejando entrever mentalidad sexual. Cuando su misión le exige usar el cuerpo como herramienta de manipulación, Dominika experimenta la autonomía de su cuerpo y el poder que le confiere su sexualidad. Lo que no es sugerido por la dirección de Martin Lawrence, ni por el guión –y es la debilidad mayor de Operación Red Sparrow– es si esta libertad sexual la emancipa o la inhibe más. La vaga inclinación política de esta película podría interpretarse tomando pistas de la inclinación política de su protagonista en la vida real. La disidente Jennifer Lawrence confrontó sin inhibiciones la publicación de fotos hackeadas que la mostraron desnuda, y en cada oportunidad ha reprobado el conservadurismo de algunas críticas a sus apariciones y declaraciones públicas. Restándole esta desaprovechada oportunidad de abordar a profundidad cómo la belleza, el atractivo físico, el carisma y el saber vestirse bien funcionan como activo personal o –como se acuñó en sociología– capital erótico, Operación Red Sparrow se queda como una cinta meramente entretenida.

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