Bambi vs. Godzilla

"Cómo ser un latin lover": el cine de Derbez sigue siendo un sketch

Desde niño, Máximo (Eugenio Derbez) soñó con ser un gigoló. Seducir a mujeres ricas de la tercera edad para vivir entre lujos. Su sueño se cumple y, luego de pasar veinticinco años casado con una millonaria que le dobla la edad, es ella la que termina abandonándolo por un cazafortunas más joven. Forzado a dejar su estilo de vida libre de preocupaciones, con cuarenta y seis años e inexperto en todo lo que signifique ganarse la vida, Máximo busca asilo con su hermana Sara (Salma Hayek), quien ha enviudado y vive con su pequeño hijo Hugo en un departamento. Esto lo obligará a reparar la relación familiar que había olvidado todos estos años. Primero lo hará por interés. Después, se llevará la lección de su vida.

Llama la atención que en Cómo ser un latin lover Eugenio Derbez no funge como director de la cinta que protagoniza, lo cual es curioso si tomamos en cuenta que No se aceptan devoluciones, su debut como director de cine en 2013, fue un éxito de taquilla que lo avalaba para seguir al frente de sus proyectos. A pesar de no tener esta vez esa posición creativa como realizador, es notorio que sigue teniendo la última palabra. Su nueva cinta parece haber pasado por un proceso de control en el que el comediante palpó, sacudió y puso a contraluz cada diálogo, cada gag para comprobar que fuera justo lo que le gusta a su audiencia.

Humor físico, doble sentido y juegos de palabras son la dinámica a repetir en una trama sencilla en la que el tío Máximo entrena a su sobrino en el arte de ser galán y así cortejar a la niña de su escuela que le gusta. Su nuevo lazo con Hugo es un pretexto para llegar a la abuela de esa niña, quien es viuda y millonaria. Derbez hace mejor mancuerna con Raphael Alejandro, el actor que hace a su sobrino, que con Salma Hayek como su hermana. A Salma da gusto verla, su presencia hace atractiva la película. Atractiva en el sentido de averiguar por qué una actriz que viene de trabajar con Miguel Arteta (Beatriz at the Diner) y Mateo Garrone (The tale of tales) mete reversa, no digamos para hacer cine comercial, sino esta clase de cine comercial. Su nombre enaltece el póster de la película, al verla a cuadro es fácil empatizar con ella, pero su actuación no tiene la comicidad con la que hay que comunicarse con Derbez en un set. De hecho, esta parece ser una estrategia de él, también lo hizo en No se aceptan devoluciones: despejar el reparto principal de cualquier otra fuerza cómica de su estatura. Al hacerlo, el tono se enrarece, pues ninguno de sus compañeros de escena es capaz de sintonizar su estilo de comedia.

En cuanto a premisa y estructura, la fórmula del adulto que aprende humanidad de un niño es su amuleto cinematográfico. Lo adquirió en Bajo la misma luna, de Patricia Riggen, en la que hace a un indocumentado que acompaña al protagonista infantil en su cruce por la frontera. Y lo sigue usando, como si no tuviera ninguna otra carta decisiva que jugar. Es realmente curioso que Derbez, habiendo mostrado un repertorio camaleónico de personajes en su era televisiva, elija al playboy egoísta como su avatar de pantalla grande.

Cómo ser un latin lover obtendrá la validación más grande de todas: un público que se ría de ella, que la recomiende y que no le moleste que esté doblada al español en sus escenas en inglés; como si los latinos no hubiéramos pasado décadas leyendo subtítulos y fuéramos flojos como los norteamericanos. Lo que afecta a la apreciación y el respeto al cine de Eugenio Derbez, es lo mismo que, en el fondo, carcome a los detractores de Maná o Ricardo Arjona: la no evolución de su talento. Temática y narrativamente seguimos viendo el sketch de sus programas en Televisa. Es un gran sketch, la gente ama el sketch. Es solo que no tiene el impacto, ni la infinidad de matices que demanda el cine de comedia.

@amaxnopoder