Bambi vs. Godzilla

El efecto Nolan

Christopher Nolan no se para en un set si no va a conseguir que los críticos de cine cancelemos nuestros planes de fin de semana y debatamos sin consenso la película que va a estrenar.

Es el efecto Nolan: podríamos coincidir en que sus filmes son relativamente disfrutables, inspiradores, propositivos e interesantes. Pero no. Nadie se irá de la discusión hasta resolver si cada cinta que hace es una obra maestra. Podemos dejar a otros cineastas, que sí son intelectualmente vanidosos y pretenciosos, salirse con la suya. Jamás a Nolan. 

Dunkerque, su décima película, llega a cines este fin de semana y hemos organizado un carnaval de prosa cinematográfica: unos lo llaman dios, otros lo quisieran para la quema del judas en Semana Santa, y otros quisieran hacerle una prueba de ADN para comprobar que de ninguna manera es heredero de Kubrick. ¿Qué hay en el trabajo de Nolan que instiga semejante choque de bandos?

Dunkerque recrea la evacuación de trescientos mil soldados aliados de Reino Unido, Bélgica y Francia en una playa del norte de Francia, luego de ser rodeados por el ejército alemán durante la Segunda Mundial. Este rescate es registrado desde los tres ángulos en que puede percibirse una guerra: por tierra, por mar y por aire. Es así como acompañamos a tres soldados que intentan subirse a alguna embarcación, a un veterano de guerra y su hijo que, en un gesto patriótico, zarpan de Inglaterra a Francia para rescatar a los soldados que puedan, y a un piloto aviador cuya misión es derribar aeronaves enemigas y despejar el camino de regreso a casa para las fuerzas británicas.

Pensada como una experiencia estrictamente sensorial, la última de Nolan nos inserta en la óptica, la acústica y el estado anímico de la guerra. Compararla con una sesión de realidad virtual sería malentender su ambición, pero algo hay de eso. A cambio de esta inmersión, que no se compara con nada en el canon del cine bélico, Dunkerque nos pide ser laxos en nuestra idea de lo que una película debe ofrecer: su trama es la anécdota histórica a grandes rasgos, sin ficcionalización; vemos personajes en ensamble sin que haya un protagonista, tampoco existe un villano. El ejército alemán, que sería la fuerza antagónica, jamás se asoma en pantalla en tanto que la acción es austera y sobria en términos de composición de imagen: tres aviones en el cielo, un par de barcos en el mar y tres soldados en la playa. La banda sonora de Hans Zimmer es fundamental para que este tríptico minimalista nos tenga al borde de la butaca y del infarto. 

El mayor hábito fílmico de Nolan, la narración no lineal, aparece aquí con intención distinta. Mientras que en Memento o Inception la alteración de la estructura de la historia es usada para llegar a revelaciones o crear suspenso, en Dunkerque, ver simultáneamente los eventos de una semana (los soldados), un día (el barco civil) y una hora (los aviones) nos permite comprender la magnitud de cada acto heroico sin limitarlo a la menor exposición que tendrían en orden cronológico. Es un tributo a la anécdota histórica más que un alarde de ingenio narrativo. Otro modo de verlo es: ¿cuántas veces no nos quedamos con ganas de ver más de un personaje en pantalla? Nolan nos entrega de una vez el spin off o la secuela que hubiéramos deseado para los personajes de Tom Hardy, Mark Rylance y Harry Styles, si los hubiésemos visto en orden lineal. 

El mérito que estemos dispuestos a darle a Nolan dependerá de qué tan rígida es nuestra definición de una película. Lo cierto es que al género de guerra le urge innovación y un experimento como este es bienvenido, justificado y necesario. ¿Quién necesita protagonistas, sangre y villanos? ¿Nosotros o esta película?

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