Articulista Invitado

El voto de la mujer en México

Hoy nos parece normal, pero hubo épocas en que regímenes se resistieron a reconocer un derecho que nunca debió estar en duda.

Las mujeres empezaron a votar en el mundo en el siglo XX. Llevó 100 años para que pudieran hacerlo en todo el planeta, desde 1912 en Australia (restringido a las mujeres blancas) hasta 2011 en Arabia Saudita (que no podrán ejercerlo sino hasta 2015).

Hoy vivimos un contexto de visibilidad positiva e inspiradora para niñas y adultas. Ya sea en las páginas de la historia patria o en las de los periódicos, nos enteramos de historias de mujeres con vidas plenas de significado.

Hoy nos parece normal que las mujeres voten y sean votadas, pero no fue siempre así. Hubo épocas en las que los diversos regímenes democráticos en el mundo se resistieron a reconocer un derecho que nunca debió estar en duda.

La negación del derecho de la mujer al voto pasaba por oposiciones férreas hasta anec-dóticas: la reforma propuesta por Lázaro Cárdenas al artículo 34 de la Constitución para que las mujeres pudieran votar se quedó en el limbo de los entretelones del Congreso porque, se corrió lo voz, el voto de las mujeres podría ser “influido por los curas”.

En 1947, durante la administración de Miguel Alemán, se concedió el voto a las mujeres, pero solo en comicios municipales. La condición de ciudadanía secundaria revelaba la visión de los tiempos en México. Pioneros en el reconocimiento al voto femenino habían sido efímeramente Yucatán (1923), San Luis Potosí y Chiapas (1925).

Todos estos antecedentes cuajarían hasta 1953, apenas rebasada la primera mitad del siglo XX, cuando hacía décadas que las mujeres podían votar en Inglaterra, Alemania, Canadá, Estados Unidos, España, Ecuador y Brasil, por ejemplo.

Como muestra de los alcances de la acción femenina en todos los ámbitos sociales, hace apenas unos días nos enteramos de dos casos que vale la pena subrayar.

En primer término, la abogada mexicana Alejandra Ancheita se hizo merecedora al Premio Martin Ennals 2014 (considerado el Nobel de los derechos humanos), en reconocimiento a la labor valiente y entregada que desempeña, dando la cara por personas que sufren violencia e injusticias.

Por otro lado, la joven paquistaní Malala Yousafzai, cuyo nombre se ha alzado como símbolo de la lucha por la igualdad y la educación equitativa para las mujeres en todo el mundo, a sus 17 años se ha convertido en la persona más joven en recibir el premio Nobel de la Paz.

Que Ancheita y Yousafzai estén en los principales titulares nos permite revalorar esta celebración del calendario cívico nacional. Podemos ver que hay avances, aunque todavía resulten insuficientes.

No es momento de detenernos. Hay que impulsar, con la ley en la mano, el reconocimiento de los derechos de la mujer en todos los ámbitos y en todas las circunstancias, respecto a todas las mujeres, sin importar su condición étnica, educativa, social y económica. Reconocer estos derechos es una cuestión de justicia elemental.

En su autobiografía, Malala escribió: “Nos damos cuenta de la importancia de nuestras voces solo cuando nos obligan a guardar silencio”. Pues bien, gracias a su ejemplo, gracias al ejemplo de Ancheita, gracias a que vivimos en un país con voto para las mujeres es que sus voces pueden sonar fuerte en la opinión pública nacional y redefinir el rumbo de nuestra patria.

En este contexto de celebración, que no debe ser acrítica ni incondicional, estas mujeres, una paquistaní y otra mexicana, ambas con estatura universal, lanzan un mensaje poderoso a nuestras niñas y adolescentes, pues les hacen ver lo valiosas y productivas que pueden ser sus vidas, así como la profundidad que pueden llegar a alcanzar sus aspiraciones. Con el poder inspirador de tales ejemplos es como una sociedad comienza a cambiar; no por decreto, sino desde sus mismas raíces.

 

@mfarahg