Articulista Invitado

Trump, las contradicciones de la autocracia

Es previsible que como presidente de EU continuará las guerras que inició como candidato contra las mujeres, los mexicanos, los musulmanes, los chinos, los periodistas...

A pesar de su personalidad, a veces explosiva y caprichosa, la alta exposición mediática de Donald Trump nos hace suponer que ya lo conocemos y sabemos lo que hará.

Es previsible, por ejemplo, que como presidente de Estados Unidos continuará las guerras que inició como candidato contra las mujeres, los mexicanos, los musulmanes, los chinos, los migrantes, los periodistas, los tratados comerciales, los organismos internacionales.

Al parecer disfrutó su periodo como presidente electo haciendo rounds de sombra mientras se sabía observado. Sin poder formal, practicó fintas y amagues que por sí mismos le dieron algunos dividendos.

El mundo contribuyó a ello con sus miedos, el sube y baja de los mercados financieros y su ansiosa expectativa acerca de qué diría o haría el hasta hoy presidente electo.

Como a tantos autócratas de ayer y hoy, a Trump sus más íntimas convicciones le dicen que para gobernar no hacen falta leyes ni instituciones. Gobernar es iluminar con la verdad, la suya, claro está, y luego imponerla.

Ya le dijo a China, Alemania y México, y hasta a la OTAN, lo que deben hacer, como si se tratara de dependencias de su gobierno.

En su país riñe con el que esté a la mano, lo mismo la CIA que Meryl Streep, y amenaza a las empresas estadunidenses y de otros países que han invertido o están por invertir fuera de la Unión Americana, y anuncia medidas correctivas si no se someten a su voluntad.

Promete y amenaza como si sus decisiones no tuvieran que pasar por ningún filtro. Simplemente lo hará. O no sabe que hay límites y contrapesos al poder presidencial o piensa allanarlos por la fuerza.

Tantos desplantes desorbitados parecerían amagos de un demente solitario, pero tienen eco y seguidores: al menos los 60 millones que votaron por él creen lo que dice y quieren lo que promete.

Su insólito triunfo ha producido inesperadas paradojas: la primera es que la palabra autócrata, que empezó aplicándose al emperador de Rusia, comienza a aplicarse al presidente de Estados Unidos; la segunda, que su país, hasta hace poco autoproclamado campeón del libre mercado, se perfila proteccionista mientras China, otrora orgulloso emblema de la cerrazón, se manifiesta en defensa del mercado libre; la tercera es que luego de décadas de guerra fría y lucha sorda, Rusia es amigo y México no.

Hay más: en contraste con la sensación de esperanza que inspira el inicio de un gobierno, el suyo genera miedo e incertidumbre; electores estadunidenses, tradicionalmente respetuosos de sus comicios, salen a las calles a decirle: "Tú no eres mi presidente"; y los inmigrantes, usualmente cuidadosos y prudentes, salen a gritarle: "No nos vamos".

Todo en Trump es o parece contradicción: para ir al rescate de la clase obrera reúne al gabinete más empresarial y más rico de la historia en su país; no quiere a más mexicanos migrantes, pero impide inversiones en México; desea que la industria automotriz estadunidense sea más competitiva, y la obliga a pagar salarios más altos; en víspera de iniciar sus relaciones con Europa, critica sus políticas.

Resuelve su eventual conflicto de interés como presidente y como empresario con una sentencia enigmática: "La ley está totalmente de mi lado, el presidente no puede tener conflicto de interés".

Con este personaje lidiará el mundo desde mañana. Y México, como su vecino, al que califica de abusivo, lo hará más que ningún otro país.

Circulan ahora excelentes propuestas para hacer frente a Donald Trump. Una estrategia basada en principios, tan o más valiosos como las ideas concretas, dará fortaleza, coherencia y sentido a la unidad nacional, al trabajo institucional y a la participación ciudadana. Hagamos lo que hagamos, hagámoslo con inteligencia, visión de Estado y dignidad.

*Especialista en derechos humanos y secretario general de la Cámara de Diputados