Articulista Invitado

La semilla de los desaparecidos

Sembrar la simiente en tierra fértil será la diferencia entre erigir en su nombre una sociedad más libre o medrar con la tragedia de los 43 normalistas para hacer retroceder al país.

Una tarde de marzo de 2011, en el poblado de Allende, en la región de Los Cinco Manantiales de Coahuila, llegaron sicarios de Los Zetas en 40 camionetas y durante días saquearon casas, incendiaron locales y se llevaron a más de 300 personas que no han vuelto a aparecer, por las que nadie salió a manifestarse en las calles”.

Quien escribe con esa contundencia y ese sentido humano es Román Revueltas Retes en su excepcional artículo “¿Dónde estaban todos ustedes?”. Revueltas hace un recuento (espeluznante, aunque ya conocido por quienes hemos luchado por la defensa de los derechos humanos) de las más grandes tragedias relacionadas con personas desaparecidas durante años recientes: tan solo en San Fernando, Tamaulipas, fueron masacradas 72 personas en 2010 y otras 193 halladas en fosas en 2011, quienes, al igual que en Ayotzinapa, fueron entregadas a la delincuencia organizada por policías municipales.

Ahí está también el dato de que en la búsqueda de los 43 normalistas desaparecidos han sido encontrados 62 cadáveres en fosas clandestinas. Después de todo, durante la última década las desapariciones han alcanzado proporciones trágicas; ni siquiera contamos con un registro sólido y confiable de cuántos son, de cuántas familias mexicanas y centroamericanas viven en la zozobra, la incertidumbre y el luto atroz debido a los crímenes de la delincuencia organizada.

La pregunta que lanza Revueltas, y que muchos más se han hecho, es: ¿por qué los 43 de Iguala han causado este maremoto de indignación mientras que nadie marchó por los 300 de Allende ni los 265 de San Fernando? ¿Es que hay desaparecidos de primera y de segunda?

Quizá resulte más factible pensar que a las expresiones pacíficas de la gran mayoría de quienes protestan por Ayotzinapa se ha agregado una agenda paralela, manipuladora, que explota la legítima indignación y la encauza hacia objetivos políticos y gremiales. De allí la violencia de las minorías de encapuchados que buscan —de manera literal y figurada— prender fuego a instituciones construidas por generaciones de mexicanos.

De allí también el enfocar exclusivamente los reclamos en los gobiernos, cuando de manera clara y evidente también fue la delincuencia organizada la responsable de la desaparición de los normalistas. Jamás se ha visto una pancarta o se ha escuchado una consigna contra Guerreros Unidos, el cártel que perpetró el crimen que a todos los mexicanos nos une en el dolor.

Hasta el momento, ese mismo Estado que ha sido vilipendiado conduce una investigación que ha arrojado resultados evidentes y tiene a los principales responsables tras las rejas. Hay culpables claros: Abarca y el propio ex gobernador Aguirre, pero en principal instancia los integrantes de la delincuencia organizada. Si las manifestaciones se condujeran con lógica cívica, sin agenda paralela de por medio, estarían dirigidas contra los narcotraficantes.

Como bien se señala en México: las ruinas del futuro, publicado por el Instituto de Estudios para la Transición Democrática, la consigna “Fue el Estado —aun sin quererlo— libera de culpas a los autores directos de la masacre: los criminales del narcotráfico guerrerense, primer objetivo del repudio y la condena de todo nuestro país”.

La primera obligación que tienen el Estado y la sociedad es esclarecer con toda contundencia quiénes son los violentos — “anarquistas” o “infiltrados”— para limpiar las manifestaciones de toda sospecha y permitir que los derechos de asociación y de expresión se manifiesten con plena libertad.

La segunda, más importante, es reorientar la lucha hacia objetivos genuinos, no políticos y mucho menos electoreros. Esta energía cívica presenta una gran oportunidad que no puede ni debe ser desaprovechada. Porque, sí, efectivamente, los desaparecidos son una semilla. Es nuestro deber sembrarla en la tierra fértil de la democracia y evitar que intereses oscuros la hundan en el terreno estéril de la politiquería.

Esa será la diferencia entre honrar su memoria y erigir en su nombre una sociedad más pacífica y libre o medrar con la tragedia de los 43 para hacer retroceder al país, erosionar la arquitectura institucional de la República y, lo que es más grave, crear división entre los mexicanos.

 *Secretario general de la Cámara de Diputados.

Twitter: @mfarahg