Articulista Invitado

Voto de la mujer y equidad de género

Entre las discriminaciones que seguimos tolerando, la de género es la más extendida, pues incide en más de 50% de la ciudadanía

A 62 años de que en México se diera plena vigencia al voto femenino, las mujeres votan más que los hombres. En las elecciones federales de 2012, por ejemplo, de cada cien hombres que votaron, 109 mujeres hicieron lo propio. Desde la mirada contemporánea parece inexplicable que hayan tenido que transcurrir 132 años, desde nuestra Independencia hasta 1953, para que se reconociera el derecho de las mujeres a votar. Insostenibles parecen los argumentos que en su época se esgrimieron para negar el voto femenino: "Las mujeres no sienten la necesidad de participar en los asuntos públicos... El hecho de que algunas mujeres excepcionales tengan las condiciones para ejercer satisfactoriamente los derechos políticos no funda la conclusión de que éstos deban concederse a la mujer como clase" (Debates del constituyente de 1917); si las mujeres tuvieran derecho a votar "se rompería la unidad familiar" (diputados en 1952); "el voto femenino puede verse influido por los curas" (argumento para detener en 1937 la iniciativa del presidente Lázaro Cárdenas que reconocía el derecho de las mujeres a votar.)

Al repasar estas expresiones puede optarse por sonreír con incredulidad o indignarse frente a lo que ahora se nos presenta como impensable. Solo que antes o después de juzgar a las generaciones anteriores cabría preguntarnos si nosotros tenemos reticencias similares. Porque en 62 años, desde el 17 de octubre de 1953, cuando se aprobó constitucionalmente el voto femenino, no hemos sido capaces de crear una sociedad equitativa en materia de género. Ni de igualdad ante la ley. Ni de equilibrio laboral. Ni de equiparable reconocimiento social. Tampoco de respeto por igual a mujeres y hombres.

Las estadísticas muestran hoy una notoria presencia de las mujeres en posiciones legislativas, gubernamentales y directivas. Estos avances no deben hacernos perder de vista que prevalece una desigualdad de género que disminuye las oportunidades para niñas, adultas y ancianas por igual; que los sistemas laboral, educativo y de justicia siguen teniendo un doble rasero. Peor aún, que la violencia feminicida sigue cercenando vidas y asolando ciudades y regiones.

Entre las discriminaciones que seguimos tolerando, la de género es la más extendida, pues incide en mayor o menor medida en más de 50 por ciento de la ciudadanía mexicana. Aunque en diferente grado y forma, la discriminación sigue afectando a una profesionista con doctorado y a una analfabeta en pobreza extrema. La ya excesivamente prolongada ruta hacia la equidad puede verse ahora impulsada por la fuerza electoral y política de las mujeres, que constituye un poder transformador en rubros como la armonización legislativa, la perspectiva de género, la equidad en todos los rubros de la vida nacional y, especialmente, en la disminución de la violencia, que va desde el maltrato doméstico, el acoso callejero, la explotación sexual y la trata hasta el feminicidio.

Es inaceptable que nos esté llevando tanto tiempo lograr una equidad tan elemental, necesaria y justa. La mitad de la humanidad, y en el caso de nuestro país la mitad de la población, no puede seguir viviendo en condiciones de discriminación, exclusión y desventaja. Tenemos que apurar el paso por el bien de todos.


@mfarahg