Articulista Invitado

Día Internacional de la Mujer: celebración y lucha permanente

Las democracias modernas, entre ellas la mexicana, tienen una profunda deuda, porque la equidad de género no se construye solamente incorporando derechos fundamentales a las leyes.


Las mujeres no tuvieron derechos civiles en el siglo XVIII, ni derechos políticos en el siglo XIX y escasamente alcanzaron los derechos sociales a finales del XX. Y aún en la segunda mitad del siglo pasado se discutió si las mujeres podían tener intereses propios para ser representadas.

Thomas H. Marshall

(historiador y sociólogo inglés)

 

Resulta sorprendente que el debate sobre la equidad de género y los derechos de las mujeres alcance volúmenes más altos y avance con mayor lentitud que temas tradicionalmente tan controvertidos como la democracia y la libertad religiosa, por ejemplo.

Es paradójico que, por difícil que se torne, sea más probable ponerse de acuerdo en conceptos y reglas generales que en el reconocimiento y la protección de los derechos de… ¡la mitad de la humanidad!

Si en los siglos XIX y XX las mujeres pelearon por su derecho al voto, a la educación y al trabajo, en la centuria presente siguen luchando por alcanzar el ejercicio real de prerrogativas ya reconocidas. A tal punto el proceso de la conquista de sus derechos sigue inacabado, que no hay país en el que exista igualdad plena entre hombres y mujeres.

El camino hacia la igualdad de los derechos humanos en el mundo ha sido excesivamente largo. Nos ha costado mucho entender y reconocer lo evidente: humanos todas y todos, nos corresponden los mismos derechos.

Ante la resistencia, solo después de intensas demandas y movimientos sociales lograron las mujeres que sus primeros derechos reconocidos fueran los políticos que, desde luego, eran patrimonio de los hombres.

Recientemente, el concierto de naciones ha mostrado la voluntad para reconocer reivindicaciones como la equidad individual y colectiva, valorando la vida humana y construyendo derechos humanos paritarios.

La protesta, la demanda, el dolor, la indignación de las mujeres por esta desigualdad han recorrido el mundo por más de siglo y medio. Sus vidas, marcadas por la carencia, el sometimiento y la injusticia hicieron que la lucha para la construcción de los derechos humanos paritarios haya sido una constante en las agendas nacionales y multilaterales de los países democráticos. Los principios favorables a la defensa y promoción de la empatía entre distintos e iguales se han manifestado en la creación y firma de tratados, convenios y acuerdos internacionales, como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer o la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

(Bienvenidos estos instrumentos internacionales, por supuesto, pero la necesidad de ellos es una evidencia de la desigualdad social y los prejuicios culturales, cuya fuerza es tal que tiene que ser contenida por disposiciones jurídicas que, en otras circunstancias, ni siquiera hubieran sido necesarias).

Lamentablemente, la transformación de las conductas sociales no ha ido a la par del reconocimiento de los derechos de las mujeres en las normas internacionales. Muchas conductas inequitativas e injustas permanecen, muy a pesar de los avances logrados.

Según datos de la Unesco correspondientes a 2013, siete de cada 10 mujeres en el mundo sufrirán algún tipo de violencia durante su vida, algo así como 2 mil 400 millones. Cada día mueren tres mujeres en el planeta como consecuencia de la violencia doméstica.

En México, los actos de violencia contra las mujeres van en aumento. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámicas de las Relaciones en los Hogares 2011, del Inegi, 46 por ciento de las mujeres mayores de 15 años declara haber sufrido algún tipo de violencia en su casa, en la escuela, en el trabajo, en la calle, en la vida cotidiana, lo que representa una alerta de violencia de género de atención inaplazable. La mitad de las mujeres mexicanas ha sido o es víctima de violencia, a veces silenciosa, acosadora, soterrada y, en otras, evidente, cínica, agresión que lesiona e incluso mata. Ambas son igualmente graves e inaceptables.

Hay que reconocer los rezagos y hacerles frente con determinación. Si no es ahora, siempre será demasiado tarde.

Es también necesario reconocer los avances y alentar su continuidad y consolidación. Gracias a la voluntad de la sociedad civil y del gobierno se ha logrado la creación de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y del Sistema Nacional para Prevenir, Atender, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, claros ejemplos de la preocupación y el compromiso por abatir y castigar la transgresión de los derechos humanos hacia las mujeres.

No obstante, las democracias modernas, entre ellas la mexicana, tienen una profunda deuda con las mujeres, porque la equidad de género no se construye solamente incorporando sus derechos fundamentales a las leyes. La sensibilización de la opinión pública y el cambio cultural son indispensables. La sociedad tiene la responsabilidad de impulsar y lograr una evolución social que termine con la ancestral jerarquización equivocada y artificial entre los sexos.

Mientras persistan la discriminación, la violencia, la desigualdad y las diferencias de oportunidades entre hombres y mujeres, recordatorios como el Día Internacional de la Mujer seguirán siendo necesarios. Se trata de señalar la desigualdad y de seguir luchando hasta que llegue el momento en que ya no haga falta dedicar un día al año para llamar la atención sobre las condiciones inequitativas en las que viven las mujeres de México y el mundo.

Parecerá utópico, pero debemos trabajar para que a las próximas generaciones les resulte insólito enterarse de que, alguna vez, había inequidades políticas, económicas, laborales y sociales entre hombres y mujeres.

*Especialista en derechos humanos y secretario general de la Cámara de Diputados.

 

Twitter: @mfarahg