Fosa común

Una vaca se aparece en mi jardín todas las mañanas

Tan pronto lo dijo, dejamos lo que fuera que estuviéramos haciendo en ese momento y volteamos a verla como pidiéndole que se retractara. Ella, simplemente, no nos devolvió la mirada y se quedó ahí, inmóvil, cabizbaja. Cabizbaja es una palabra que me obliga a succionar la saliva de regreso a mi boca cuando termino de pronunciarla. Recuerdo que, cuando era niño, en la escuela se reían de mí por ese gesto particular. Entonces no era cabizbaja la palabra que daba pie al incómodo reflejo, sino cualquiera. Digamos, no sé: canasta o azúcar. Era la primera vez que volvíamos a vernos desde que, un año atrás, nos mudáramos a estudiar la carrera a ciudades distintas. Eran las seis con diecinueve de la tarde y afuera la gente caminaba a prisa, de regreso a sus casas. Nos citamos a las seis, aun faltaban algunos por llegar. Yo bebía efusivamente mi vaso de limonada, un poco más dulce de lo normal para mí, cuando comenzaron a hacerse preguntas.

Las tres primeras horas del viaje en autobús las pasé intentando dejar de pensar en la maldita reunión. En mi cabeza se amontonaban todas (o eso creía) las posibilidades en que podía desarrollarse la plática. Me abrumaba, específicamente, la siguiente circunstancia: hace un año que no veo a ninguno de ellos, las charlas que mantenemos  por Facebook no pasan del saludo y el cómo estás (la universidad me absorbe). Pienso en la posibilidad de que esto haya derrumbado algunos de los puentes de comunicación que guardábamos cuando aún todos estábamos cerca de todos. Ahora que lo repaso de nuevo (han pasado ya las tres horas) no es tanto esto lo que me tiene tan tenso sino las preguntas que van a hacerme. No podré, y esto casi puedo sentirlo, terminar de responder una cuando ya me estarán atacando con otra más ridículamente genérica relativa al clima del lugar donde ahora vivo. El trato de la gente. Las chicas, las fiestas. Son cuatro horas desde que abordé el autobús y las calles que veo por el cristal comienzan a resultarme familiares. Al bajar, ya tengo listo un arsenal implacable de mentiras que habrán de mantenerme amuralladamente ileso.

Son las siete en punto y todavía falta que lleguen algunos, pero el resto de los amigos no parecen dispuestos a esperar. Hasta ahora han sucedido dos cosas que me resultaron extrañas: la única vez que B, sentada al otro extremo de la mesa, abrió la boca fue para decir una sandez que no entendí. Todos la miramos. La segunda cosa rara fue un gesto de H. Un asqueroso aspirar de saliva cuando terminó de decir azúcar. Me pasas la azúcar. Sorber de saliva. Desagradable por lo menos. No se lo escuchaba desde que éramos pequeños y a mí me daban miedo las niñas. Después de eso me dio la impresión de que se sintió avergonzado porque ya no agregó demasiado a la conversación. El que no para de hablar es J. Parece ansioso de responder preguntas que nadie le está haciendo. Me atrevo, incluso, a afirmar que preparó una especie de guión antes de llegar. Lo de su supuesta nueva novia no se lo cree nadie. Patético.

Despierto y, antes de mirar por la ventana, abro el diario que guardo en la mesa de mi buró. Las últimas semanas he repetido la misma entrada: una sola palabra: vaca. Llevo el diario en mis manos hasta el marco de la ventana. El animal robusto y cubierto de manchas devora las pocas plantas que quedan vivas en mi jardín. Hoy por la tarde tengo una cita con unos amigos que no veo desde hace algún tiempo. Miro por la ventana y ella me mira describiendo un rectángulo con el movimiento de su mandíbula al masticar. Tal vez emite algún sonido que no puedo escuchar a través de la ventana cerrada. Abro la ventana. Escucho. Mis amigos, menos K que lo sabe desde el primer día que sucedió, se enterarán hoy de lo que me ha estado pasando. Vuelvo a mi buró para buscar una pluma. Nadie me creerá que hay una vaca desayunando cada día en  mi jardín, en plena ciudad. Escribo: vaca.

B se ha atrevido a decir en frente de todos su asunto con la vaca. La primera vez que me lo dijo fue por WhatsApp y enseguida me envió una selfie de su rostro con una expresión mínima de incredulidad, misma que guardo como fondo de pantalla desde entonces. Todos voltearon a verla y ella, como sabiendo que esa sería, y no otra, la reacción del grupo, ni se inmutó. Siguió con la mirada clavada en su diario. Las cosas no han salido muy bien en esta reunión. Gotitas de la saliva de H cayeron sobre mis mejillas mientras hablaba. Creo que pude sentir el olor agrio de su baba antes de pasarme el pañuelo por la mueca de asco que ocupaba la mitad de mi cara. Desde hace como media hora, J no ha dejado de detallarnos su nueva vida en la otra ciudad. Las fiestas hasta el amanecer, las chicas que, de tantas, ha olvidado sus nombres. Lo mejor de la tarde fue escucharlo hablar sobre su nueva novia. Increíble. Lo miró fijamente cuando dijo esto último. Recuerdo haber visto era mirada fija cuando los espié despidiéndose en la estación de autobuses, hace un año.

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