Fosa común

Nada es más triste que una canción triste de Chayanne

Hay libros sobre los cuales es imposible hablar. Y mucho mejor está regalarlos, prestarlos, incluso, hacer que la gente los lea. Así que a continuación reproduzco este capítulo de la novela Vida de provincias de la escritora española María Yuste (1988) esperando que lo disfruten tanto como yo.

Porque yo he ido más allá

del límite de la desolación

mi mente, mi cuerpo y mi

alma ya no tienen conexión.

Chayanne

Lo último que hiciste en la vida fue volar. Volaste sobre los asientos delanteros del coche. Volaste sobre la carretera. Volaste sobre una acequia. Volaste hasta salirte del cuerpo.

A los nueve años, entre dolor y vergüenza, me crecían las tetas debajo de una camiseta a rayas celestes y blancas que se me iba quedando estrecha. Tú lo sabías y me espiabas a la hora del baño. Yo lo sabía y tapaba aquel agujero con una bola de papel higiénico. Pero tú la quitabas, y cuando tu abuela —mi tía— te pillaba, corrías por el pasillo anunciándole a todo el mundo que yo tenía “las tetas gordas” y mi madre “el culo blanco”.

Pasamos aquel verano juntos en el pueblo. Entonces aún ibas al colegio. Entonces aún sacabas todo sobresalientes. Aún querías ser médico. Pero ya tenías ingenio para la pillería. Me enseñaste a hacer sofisticados tirachinas con un trozo de madera, una pinza de la ropa y un clavo. Probamos nuestros límites clavándoselo a mi padre en las costillas mientras dormía la siesta. Aquel verano fui lo más mala que he sido nunca. Pero yo soy buena y tú también. Es por eso que escuchabas Chayanne a escondidas y las que más te gustaban eran sus canciones tristes. Es por eso que tu hermano se metía contigo. Y fue por eso que tu padre sollozó abraza- do a tu cuerpo: “¡mi hijo bueno, mi hijo bueno...!”. Porque tú eras bueno.

La próxima vez que nos vimos fue también la última. A pesar de los años. Acababan de operarte de una lesión derivada de tu trabajo en la fábrica y tenías miedo a que te tuvieran que poner una sonda para orinar debido a los efectos secundarios de la anestesia. Era verano y estábamos en el hospital obligados. Me senté en la silla en un rincón y apenas nos miramos. No hablamos. Te habías dejado el pelo corto por delante y largo por detrás. Observé la marca de sol de tu esclava. Tu lóbulo agujereado. La metamorfosis había sido completa. Nunca llegué a saber si te libraste de aquella sonda. Deseo que sí. Aunque yo no quiero acordarme de la sonda ni de aquel verano ni de la llamada de mi madre a deshora. Te has quedado atrapado en un disco de Chayanne y me has arruinado todas sus canciones pero no importa. Aunque si ya ni siquiera podemos ser felices bailando Chayanne, ¿qué nos queda?

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