Fosa común

Se suicidó el poeta

Las suelas del poeta asoman por el borde del techo del edificio en donde se aloja desde hace un par de semanas. Cuatro pisos abajo, sobre su mesa de trabajo, reposan, inalterables, tres cerillos sueltos y una caja de pastillas de menta. La televisión está encendida. La ventana que da a la calle, abierta, y una esquina de la cortina oscila afuera. El poeta puede verla cada vez que, indeciso, mira abajo, hacia el suelo. Decide fumar un cigarrillo antes de saltar hacia su muerte instantánea, así que mete la mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón y coloca el cigarrillo entre sus labios. Lleva la misma mano hasta el fondo del bolsillo derecho, vacío.

La dependiente de la librería me mira muy extraño cuando pasa mis nuevas compras bajo el lector de código de barras. Storni. Plath. Silva. Pizarnik. Después los acomoda todos en una bolsa y me la extiende. En el camino a casa, compro un paquete de cigarrillos y dos cajas de mentas. Una calle antes de llegar hasta el edificio de departamentos al que acabo de mudarme, se me antoja un cigarrillo. Lo coloco entre mis labios y abro la caja de los cerillos al revés. Todos caen al suelo, y ruedan hasta una alcantarilla cercana, perdiéndose. Excepto tres, que alcanzo a recuperar en el aire. Dejo la caja de los cerillos tirada en suelo y la piso mientras camino de prisa la calle restante. No fumo por esa tarde.

Tú, el poeta, me citaste en tu departamento una tarde en la que estabas especialmente irritable. Sobre la mesita de centro en tu sala había un montón de libros, todos escritos por poetas muertos. Suicidas. Recuerdo que, después de quedarte en silencio mirando hacia la pared durante quizás veinte minutos, decidiste ofrecerme vino. Te sonreí. Bebimos buena parte de esa tarde, y me leíste un montón de poemas que no me interesé en comprender. Pero tú me miraste conmoverme con cada uno y, después del último, me invitaste a pasar a tu habitación. Me quitaste la ropa y te negaste a hacer más que mirarme desnuda. Entonces yo pensé, y perdón que te lo diga, que salir con un poeta era la peor idea que había tenido desde que decidí elegir esta combinación de ropa interior por la mañana. Al final conseguí que me besaras, y tuve casi que rogarte para que pusieras tus manos sobre mi cuerpo. Cuando terminé, te sentaste a mi lado y comenzaste a hablar como un desquiciado. Me contaste acerca de un plan que involucraba una cajita de mentas, pero me pareció patético y no te dejé terminar. Comencé a vestirme y tú, vuelto un ogro, te metiste al baño y echaste candado a la puerta. Debía salir de ahí cuanto antes, pero no podía tomar la calle con un peinado así, entonces hurgué por todo tu departamento buscando un cepillo. Sólo pude hallar un gorro de estambre en uno de tus cajones, al lado del frasco de tus pastillas para dormir. Vacío, por cierto. Disculpa si no vuelvo a llamarte. Te debo un gorro y una cajita de mentas.

El poeta salió del baño con los ojos irritados. Buscó la caja de mentas donde guardaba sus pastillas para dormir desde que comenzó a tomarlas varias veces al día, después de mudarse a su nuevo departamento. Le parecía que ese era el mejor modo de evitar sospechas durante las horas de trabajo. Esa mañana el poeta había decidido matarse. Así que, antes de salir de casa, reunió todos sus escritos sin publicar (que eran todos) y redactó una breve nota dirigida a su amigo más cercano: Perdí la esperanza de que toda esta basura pueda ser publicada algún día. He descubierto que un poeta muerto es siempre más celebrado que uno vivo. Además, tú te encargarás de que la noticia de mi suicidio ocupe alguna plana de tu diario. Quizás así alguien pueda interesarse. Es mi última carta. Buscó sin suerte durante un par de minutos más, hasta que halló la caja de mentas sobre la mesita de su sala. Molió todas las pastillas, colocó el polvo restante en un vaso con agua y arrojó la caja vacía a su escritorio. Bebió sin reparar en el sabor (desagradable, según supuso) y encendió la televisión. Esperar los efectos sedantes se había vuelto su pasatiempo favorito, pero esta vez era diferente. Esperó. Nada. Volvió a esperar. Y nada, así que decidió trepar hasta el techo del edificio y saltar desde ahí.

Las suelas del poeta asoman por el borde del techo del edificio en donde se aloja desde hace un par de semanas. Cuatro pisos abajo, sobre su mesa de trabajo, reposan, inalterables, tres cerillos sueltos y una caja de pastillas de menta. La televisión está encendida. La ventana que da a la calle, abierta, y una esquina de la cortina oscila afuera. El poeta puede verla cada vez que, indeciso, mira abajo, hacia el suelo. Decide fumar un cigarrillo antes de saltar hacia su muerte instantánea, así que mete la mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón y coloca el cigarrillo entre sus labios. Lleva la misma mano hasta el fondo del bolsillo derecho, vacío. Mierda. Baja las escaleras hasta su departamento, donde debió haber dejado los cerillos. No iba a dar el salto sin fumar. Abrió la puerta y se encontró con el teléfono sonando. La última editorial a la que había escrito le había devuelto la llamada. Estaban interesados.

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