Fosa común

…suenan guitarras roncas (parte tres)

Lo siguiente será la muerte de Bolaño, por supuesto. Arreglada, claro, no vamos a dispararle a nadie. Él ya hizo sus planes de viajar a no sé qué isla exótica. Locuras suyas. Le he pagado bien durante estos años, sí. Hemos desarrollado una amistad de gran provecho, también. ¿Sigue tomando nota de todo esto? No, que Roberto muera no quiere decir que dejarán de publicarse libros en su nombre. O mi nombre, quiero decir, usted comprende. Con la imagen de Roberto tenemos planes más ambiciosos, quizás esto pueda comprenderlo mejor si piensa en él como el personaje de poeta rebelde que encaró cuando comenzamos a frecuentarnos más asiduamente. Su anexión al grupo de los infrarrealistas, todo esto está en Los detectives, pero vuelto una hazaña heroica. Lo sabrá cuando lo lea, no quisiera arruinarle nada. Roberto es un punk, un profeta de lo marginal. No, al nivel de Mario Santiago, amigo suyo, no. ¿Ha leído algo de él? Pensaba en algo más domesticado, más, ¿cómo decirlo?, humano... La idea es hacer dinero, reportero, la literatura era importante mientras yo vivía. Ahora, muerto, sería insensato pensar de la misma forma, ¿no lo cree?. Uno no comete el mismo error dos veces. Risas. Muerto Roberto, y cosechado el ejército de lectores que tenemos en mente, su figura se volverá de culto. No un culto de academia, sino un auténtico culto. Como los roqueros de los sesentas, si eso resulta útil para alumbrar su panorama. A su muerte le seguirán la publicación y venta en masa de sus manuscritos perdidos. Es un hecho. La verdad es que la gentileza de Herralde durante todo este proceso ha sido milagrosa. Todo es una inversión, y eso él lo comprende perfectamente. Siempre es grato encontrarse con personas como él, que saben qué es lo verdaderamente importante.

A estas alturas yo ya había capturado un volumen considerable de notas apresuradas en mi libreta. Octavio interrumpía su discurso de vez en cuando para acercarse  a la chica a su lado en una actitud de provocación. Fingía acercarse a sus pezones como para morderlos, le guiñaba un ojo, tocaba su cabello tiernamente. Carmen había estado cabeceando durante las últimas horas, eso pude verlo con el rabillo del ojo. No sé si el maestro de percató de ello y por eso decidió suspender  la conversación. Se puso de pie, dio unos pasos por el suelo de piedra en la cumbre de la pirámide donde nos hallábamos desde hacía las suficientes horas como para comenzar a hartarnos. Encendí un cigarrillo y utilicé el tiempo muerto para revisar mis papeles y cederle mi chamarra a Carmen que comenzaba a tiritar. Cuando volví la vista en dirección a Octavio, este se acomodaba la guitarra sobre la pierna derecha. El aire se preñó del sonido atonal de sus cuerdas afinándose. La chica que estaba a un costado del poeta se había reclinado sobre Carmen y ahora dormitaban juntas mientras la guitarra comenzaba ya a escupir una melodía discernible. Blowin’ in the wind. Nunca pensé en las similitudes entre la voz de Bob Dylan y Octavio Paz hasta que escuché al segundo cantar mientras atacaba con gentileza su guitarra y silbaba las partes de la canción que originalmente eran tocadas en armónica. No soy yo quién para juzgar el talento musical del maestro, pero me pareció que el gran mérito de su interpretación era sencillamente el entusiasmo. Al terminar de tocar la canción, nos miró a todos con una sonrisa dibujada en el rostro. Enseguida tomó su guitarra, se dio la vuelta y entró a la casa de campaña acompañado de la chica de los pezones grandes. Subió el zipper y Carmen y yo nos quedamos solos en la cima de esa pirámide desde la cual podíamos ya adivinar la salida del sol durante los próximos minutos. Las otras chicas habían desaparecido y hasta este momento nos percatábamos de ello. Caminamos como zombies hasta donde el auto estaba estacionado. La llevé hasta su casa. Volví a mi departamento y, antes de revisar mis notas, revisé los mensajes que había en el contestador. Era ella. Ella. Quería verme cuanto antes. Dejé los papeles cuidadosamente sobre mi escritorio y volví al auto tan pronto como mi cuerpo cansado de encontrarse con los muertos me lo permitió.

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