Fosa común

…suenan guitarras roncas (parte 2)

Escuché el chasquido, sentí las chispas sobre mi pulgar y cerré los ojos con fuerza. Escuché el agua burbujear por efecto de la succión. Octavio tosió y después repitió el procedimiento desde el principio. Chasquido, burbujas, tos. Es tu turno, dijo. Bienvenido. Mi cabeza volvió al instante en que, después de que ella no atendiera a la puerta, pensé que ese día estaba destinado a pasar al olvido. Que sería una tarde como muchas otras de aburrirme con la conversación de Carmen y las múltiples historias sobre las visitas de sus ex novios. Tomé el bong y lo coloqué sobre mis labios. Pude percibir todavía cómo una parte del aliento del maestro se había negado a salir por el final del tubo de vidrio. Sentí también rastros de su saliva que se había quedado en el borde de la boquilla. Una de las chicas con el torso desnudo, la segunda en orden de aparición, la que tenía los pezones más grandes, se encargó de prender el encendedor. Chasquido, burbujas, tos. Una vez más, dijo Octavio sin moverse de su lugar, si me hace el favor. Siéntase absolutamente cómodo, a partir de ahora usted es mi invitado de honor y como se le tratará. Inhalé el humo que quedaba en el tubo y la chica de los pezones como monedas de chocolate volvió a prenderme fuego. Después fue el turno de Carmen, que fumó con una tranquilidad que al salir de sus pulmones comenzó a imperar en el lugar. El frío comenzaba a ceder, lo mismo el shock inicial de hallarnos en una circunstancia tan inverosímil. Cuénteme, tomó la palabra el maestro, ¿quién es usted? mientras jalaba un pequeño banco del interior de la tienda y se sentaba sobre él frente a nosotros. La chica del bikini se acomodó junto a Carmen. Las muchachas de las bandejas se agruparon en un círculo aparte. Ellas tenían ahora el bong y tiraban de él con singular entusiasmo. Reían estruendosamente. Soy reportero, le dije. Estoy por graduarme de la universidad. Disculpe, pero, ¿no estaba usted muerto?. Octavio rió y volteó a ver Carmen. ¿Amigo tuyo, verdad?, le preguntó. Carmen accedió con una sonrisa. No me iba a creer si sólo se lo contaba, añadió. Tenía que traerlo frente a usted. Entonces eres reportero, ¿eh?, dime, ¿no es este el sueño de todos ustedes?. Esto es material de primera plana, ¿no es así?. Reí y le pregunté si podía hacerle algunas preguntas. Accedió. ¿Por qué fingió su muerte?. Es simple. Ya era el momento de pasar a la siguiente fase del ciclo. En México han comenzado a surgir otros grupos, voces disímiles y disidentes. Mi figura es ya una figura de odio para algunos grupos de intelectuales y artistas. No quise convertirme en el villano que todos creen. Que fui. Por eso era mejor desaparecer, borrarme del mundo. Cuando habla usted de esos grupos, ¿se refiere a los infrarrealistas, por ejemplo?  Ellos son un grupo, sí. Octavio río y después hizo una seña a una de las chicas del otro círculo. Ella atendió el llamado y se sentó al lado suyo. Uno de los brazos de Octavio la rodeó por la cintura. A propósito de eso tengo una anécdota que podría ser de su interés, ¿quiere escucharla? Antes de que pudiera responder, él ya se encontraba contándonos sobre un muchacho chileno que conoció una tarde en un café cercano a la Universidad. Su nombre era Roberto, dijo. Era muy joven y escribía unos poemas terribles. En un principio no me reconoció, entonces tuve que decirle mi nombre, cosa que no acostumbro hacer salvo por ocasiones como esta. Su rostro se transformó de la indiferencia al asombro exaltado. Me llenó de halagos y fue entonces que me mostró sus poemas. Llevaba el cabello largo y eso a mí me llamó la atención desde un principio. Había una cosa muy tierna en la manera en que leía unos versos suyos de pobrísima manufactura. Me conmovió su figura, es a lo que voy. Quise hacer algo por él, pensando en la posibilidad de mi muerte cercana. Mi muerte planeada, la falsa, por supuesto. Hizo una pausa al descubrir que no me daba abasto con las notas. Le hizo cosquillas a la chica que tenía abrazada e hizo el ademán de mandarle un beso. Después continuó. Tú sabes, reportero, o supongo que intuyes que todo este teatro montado en torno a mi muerte no iba a impedir que yo siguiera escribiendo. Pero un Octavio Paz muerto no puede escribir nada. Un Octavio Paz muerto necesita un nombre para firmar sus obras póstumas, ¿no es así?. Supongo que es eso lo que me ha mantenido con vida. Lo que me mantendrá con vida. En los próximos años. Con el nombre de Bolaño puedo escribir cosas que jamás me hubiera atrevido a publicar en mi vida de Octavio. Sí, por supuesto que Roberto accedió a prestarme su nombre. La oposición suya a mi figura, sus ataques a mi autoridad, todo lo planeé yo. ¿Sabe usted de negocios, señor reportero? ¿Se enteró de la publicación de Los detectives salvajes en España? Ese libro va a venderse como tiene usted una idea. Ya tenemos listos a traductores en casi todas las lenguas para los años que vienen. Y después viene una todavía más escandalosa. Lo siguiente será la muerte de Roberto, por supuesto. Arreglada, claro, no vamos a dispararle a nadie.

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