Fosa común

…suenan guitarras roncas (parte 1)

Cae la noche sobre Teotihuacán.

En lo alto de la pirámide

 los muchachos fuman marihuana,

suenan guitarras roncas.

Octavio Paz

Nota preliminar: A Octavio lo conocí en persona un par de semanas después del anuncio oficial de su muerte, en abril del 98. En la facultad había, sin embargo, ya leído poemas y ensayos de su autoría. Primero no entendí exactamente qué estaba pasando. Llegué al extremo, incluso, de evaluar la posibilidad de estar hablando frente a un muerto viviente. De verdad creí, ingenuo yo, que el anciano con quien hablé esa noche se había levantado de la tumba sólo para hacerme compañía. Por primera vez luego de años de silencio, presento en exclusiva para el diario Milenio la charla que sostuve con el, se ha dicho, literato más prominente que haya nacido en nuestro país. Por primera vez, también en este texto, se denuncia el engaño de su supuesto fallecimiento años atrás, y se demuestra, por medio de la reproducción de las palabras que profirió aquella noche, que la salud (física y poética) del maestro se mantiene ya no intacta, sino incluso renovada. Ojalá este breve, pero seguramente polémico, texto sirva para sumar esfuerzos  con motivo de la celebración por los cien años de vida del más grande vate y pensador que México ha dado al mundo.

R. M.

Mayo de 1998: La estuve esperando toda la mañana y las primeras horas de la tarde también. Me desesperé. Conduje hasta la puerta de su casa; toqué tres veces. Nada. Esperé las horas restantes de la tarde. No apareció. Caminé hasta un teléfono de monedas y marqué el número de Carmen. Ella siempre está libre. Vamos a las pirámides a ver cómo se mete el sol, me dijo. Conduje hasta la casa que comparte con su prima y después hasta la zona arqueológica en las afueras de la civilización. Carmen llevaba una bolsa que dejaba reposar cuidadosamente entre sus rodillas. Sus labios pintados de rojo anunciaban una ocasión especial que no advertí sino hasta que comenzamos a subir por una de las caras de la pirámide más cercana. ¿Por qué vas tan contenta?, le pregunté. Ella rió con un estruendo y subió rápidamente los peldaños que la separaban de la cima. Pude ver frente a mi cara sus tacones percutiendo la roca y dejando tras de sí pequeñas nubes de polvo. Todo esto que cuento es para ser imaginado en blanco y negro. Pequeñas nubes de polvo color gris desvaneciéndose sobre la pista sonora de un acetato que rechina. Y de repente: estamos en lo más alto de una pirámide. Allí nos espera una chica, intuyo que es amiga de Carmen, vistiendo un bikini gris. ¿No tendrá frío? Resguarda la entrada de una casa de campaña con muros a través de los cuales se adivina la presencia de una lámpara de mano. Adentro una silueta juega a hacer figuras con sus manos: descifro el contorno de un conejo, un tiburón, un chopo de agua. El sol termina de ocultarse detrás de aquella noche clara pero inminente, y con él se va mi buen criterio cuando del zipper abierto de la tienda veo asomar el rostro (mejillas cansadas, ojos de criatura milenaria) al autor de El laberinto de la soledad. Lleva una camiseta blanca fajada dentro del pantalón de mezclilla. Encima una chaqueta como de cazador y en la mano izquierda una guitarra. Carmen es la primera en acercarse. Mientras camina hacia el poeta, noto sin asombro como sus rodillas se quiebran del frío, del miedo. La chica del bikini hace una seña con la mano izquierda y por la cara de la pirámide que está a mis espaldas suben cuatro muchachas desnudas cargando bandejas sobre los hombros. Pronto nos rodean y se arrodillan frente a un sonriente Octavio que enseguida extiende la mano que lleva disponible para tomar el contenido de la bandeja más cercana. Hace un gesto con el rostro, pide en silencio que le acerquen la siguiente bandeja. No pude alcanzar a ver lo que tomó en primer lugar, pero la bandeja de esa segunda chica llevaba una pipa de agua, un “bong”. Los he visto en las películas, sirven para fumar marihuana. ¿Octavio Paz fuma marihuana? ¿Qué clase de extraño ritual es este? El poeta acomoda el contenido, aún para mí invisible, de su mano derecha dentro del artefacto de vidrio y ahora es la pipa lo que sostiene con la mano que no carga una guitarra. El maestro musita algo al oído de una de las chicas, luego desliza la punta de su lengua sobre el borde de la oreja de ella y emite, más sonoramente, una suerte de extraño ladrido. La chica, como hipnotizada, camina hacia donde yo me hallo de pie y me toma del hombro. Vamos, me dice. La sigo hasta donde la cuarta chica me tiende la última bandeja: un encendedor desechable marca bic. Cuando el poeta puso la boquilla del bong alrededor de sus labios, entendí la razón del carmín en los labios de Carmen. Esta era la ocasión especial. Acerqué el encendedor al lugar donde se amontonaba, antiestéticamente, un cogollo de hierba casi entero. Escuché el chasquido, sentí las chispas sobre mi pulgar y cerré los ojos con fuerza.

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