Fosa común

1994 (parte I)

Es 1994. Acabas de escapar del centro de rehabilitación donde te intentaron recluir durante un tiempo apenas suficiente como saludar y decir tu nombre. Bajas del avión con el cuerpo cubierto de un sudor helado, los músculos del abdomen vueltos una roca y después gelatina y después una roca de nuevo. Caminas como un zombie por las calles de Seattle, buscas algún rostro conocido que pueda conseguirte un fix. Listo. Tienes en las manos una dosis suficiente de heroína como para dormir a un ejército completo. Courtney cree que sigues encerrado en esa jaula color blanco, por eso puedes entrar a tu mansión sin ningún problema, sin ningún contratiempo que entorpezca tus planes. Han sido días malos. Días terribles. Ya nada es como en esos primeros años, donde podías tomar tu guitarra y gritar tu odio y eso era perfecto justo porque era incorrecto. Porque era mal visto. Pero mírate ahora: portada de todas y cada una de las revistas musicales del momento. Especiales en MTV. ¿Quién es más famoso que tú en este momento? Probablemente nadie. Subes las escaleras hasta el baño donde está la tina. Llevas en las manos los instrumentos del fin de tus días. La jeringa, la cuchara, la escopeta. Entras en la tina que está vacía. Te quitas la camisa a cuadros y la enrollas alrededor de la parte superior de tu brazo. Jalas el nudo con fuerza. Tus venas comienzan a resaltar, puedes mirar la sangre latiendo desde adentro.

Pones el polvo marrón sobre la cucharilla, disuelves con un poco de agua. Después: el encendedor para evaporar impurezas. “¿Por qué no puedo simplemente evaporar las impurezas de mi corazón así como evaporo estas?”, piensas, y después te avergüenza haberlo pensado. Tiras del émbolo.  Sostienes la jeringa con la mano derecha. Aproximas la aguja a la vena más hinchada, la que late con más fuerza. Empujas el émbolo.

Introduces en tu cuerpo la dosis más grande que has intentado hasta ahora. Cierras los ojos. En tu cabeza todo es como un oleaje a oscuras.

Tus músculos se relajan hasta el punto en que no puedes diferenciar la estructura de tu cuerpo con la de las olas en tu cabeza. Acuoso. Respirar es difícil. Pronto tu sistema va a apagarse. Sostienes la escopeta con el cañón apuntando a tu boca. Tus manos son muy débiles a este punto. Tiemblan. Intentas, con todas tus fuerzas, mantener el arma en una posición estática. Cuentas hacia atrás. Un disparo. Confusión. Los azulejos detrás tuyo comienzan a caer en pedazos. Arriba del lugar donde descansa tu cabeza ha aparecido un agujero. Fallaste el primer tiro. El rebote hizo que la escopeta rebotara lejos de ti. Tu estado es terrible. No vas a poder levantarte a recogerla. Además, sientes como el efecto comienza, tenuemente, a disminuir. ¿Hay alguien en casa? ¿Y Francés? No, ella debe estar arriba, en su recámara, jugando o mirando televisión.

No eres bueno en nada. Incluso intentándote matar has fallado. Te lamentas en silencio cuando a lo lejos escuchas los pasos como de unos pies diminutos. Alguien, detrás de la puerta, pregunta “¿papi?”. Tu corazón se llena de miles de astillas venenosas. Respondes un aletargado “aquí estoy, nena. Abre la puerta”.

jmrn23@gmail.com