Fosa común

1994 (parte II)

Frances abre la puerta y lo primero que mira es a su padre tirado en la bañera seca, sin camisa, con una jeringa todavía adherida al antebrazo. “Entra, bebé, no pasa nada. Papá sólo estaba a punto de tomar un baño. Frances camina unos pasos hacia adelante y olvida cerrar la puerta. “Acércate más, no tengas miedo. ¿Te asustó el ruido, verdad?”. Frances responde “sí” y sus ojos y los bordes de sus labios comienzan muestran una expresión de tristeza. De tristeza y de miedo.

“Frances, pequeña, papá quiere enseñarte un juego que inventó. ¿Te gustaría intentarlo?”. Frances accede, pero la expresión de su rostro no se ha modificado demasiado. “Mira, nena, ahí, en el piso, hay un aparato muy largo. ¿Podrías levantarlo un poco para mí?”. Frances camina hasta donde reposa la escopeta y la levanta haciendo un gran esfuerzo. “¿Qué es esto, papi?”. “Es muy sencillo, nena. ¿Puedes ver los dos agujeros que hay al final de los tubos de metal? Pues son los lentes de una cámara modernísima que compré estos días que estuve fuera de casa. Es muy pesada, y un poco difícil de usar, pero te aseguro que si te concentras y haces todo lo que papi te diga podrás tomarme una foto muy linda que después podrás colgar en tu cuarto junto a tus posters de los Looney Toons. Frances se le queda mirando en silencio. Mira la escopeta tirada en el suelo, luego vuelve a mirar a su padre. “Ok, papi, ¿cómo tomo la foto?.”

“Mira: primero tienes que poner esos cartuchos rojos dentro de los tubos. No, así no. Primero quita ese segurito de ahí. Sí, perfecto, así vas muy bien, mi vida. ¿Ya viste como se partieron a la mitad los tubos? Ahí es donde debes poner los cartuchos para que después podamos sacarlos y revelar la foto. Ahora cierra el segurito de nuevo. Muy bien, ya eres toda una experta en este juego. Ahora vas a poner la parte de la cámara que está del otro lado de los dos agujeros sobre tu hombro. No, no tan arriba. Enfrente de tu hombro, sí, mejor. Perfecto, mi niña, ¿ves cómo eres la nena más inteligente del mundo?”

Tus palabras comienzan a arrastrarse. La cabeza parece llena de plomo, es difícil sostenerla erguida demasiado tiempo.

“¿Ves esa pequeña garrita que está debajo de los largos tubos negros? Allí debes poner tu dedo para tomar la foto. Sí, muy bien, excelente, pero no, espera, todavía no jales de ella. Primero tienes que apuntar muy bien. La foto tiene que salir perfecta. ¿No te gustaría tener una imagen de papi colgada en tu habitación? Así podrías verme cada vez que yo esté de gira y tú me extrañes. Puedes hablar conmigo si le hablas a la fotografía. Yo voy a escucharte.”

Frances sonrío por primera vez en todos los minutos que llevaba allí dentro.

“¿Estás lista? ¿Tienes bien enfocada ya mi cara, linda? Bueno, entonces es momento de tomar la foto. Sostén la cámara con todas tus fuerzas porque al tomar la imagen los tubos suelen agitarse un poco.

Frances sostiene la escopeta frente tu rostro moribundo. Tú sonríes ante la cámara, te acomodas el cabello.

“Cuando cuente hasta tres, Frances, querida. Te amo mucho, mi princesa. La foto va a salir fenomenal, ya lo verás. ¿Estás lista? Vamos. Una. Dos. Tres.”

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