Fosa común

De cómo los ídolos de nuestra generación están cayendo (o no) demasiado pronto: parte dos

La palabra twerking, de etimología difusa, se refiere a un tipo de baile altamente provocativo que involucra el movimiento, tanto oscilatorio como trepidatorio, del trasero (esto no es exclusivo) femenino. Es asociado, originalmente, con el bounce music, rama del hip-hop que se desarrolló durante los ochentas en Nueva Orleans. No nos resulta extraño que, marcado ahora el canon de la industria musical por este estilo de música negra, el twerkeo se haya vuelto tan popular. Lo agradecemos, incluso

La primera vez que el público a gran escala supo de este estilo de baile fue en la entrega de los MTV Video Music Awards del año 2013 cuando la cantante estadounidense, otrora símbolo y reflejo de las buenas costumbres americanas, Miley Cyrus lo llevó a cabo contra la entrepierna del efimerísimo (y qué suerte) símbolo sexual Robin Thicke. La reacción general fue una mezcla confusa de incomodidad y decepción. Además, aquel primer destrampe totalmente público de Miley vino acompañado de un montón de elementos intencionalmente incómodos (al menos para la cultura de lo políticamente correcto, MTV ¿en qué te has convertido?) como la, ahora marca de la casa, lengua de fuera, etcétera. No podemos decir que nos tomó por sorpresa: sabíamos del declive emocional de Miley desde antes. Además, teníamos presente el incidente del bong (y la alegata en torno a la naturaleza de la planta que allí se fumara), en fin, lo que parecía ser el paradigma de la estrella infantil haciendo todo lo posible por dejar de serlo.

Para contextualizar un poco, y dimensionar la magnitud de la catástrofe, pensemos: Miley es hija de Billy Ray Cyrus, autor de la versión original de “No rompas más (mi pobre corazón)”, hitazo imperecedero de las bodas y fiestas de XV años. También es ahijada de Dolly Parton, qué decir, el corazón de Miley creció bombeando country. Alcanzó la fama por medio de su programa en Disney Channel, Hannah Montana, una especie de Jekyll y Hyde adolescente donde encarnaba a su propio álter ego musical: Hannah Montana. Esto es fundamental para comprender la metamorfosis: Miley sabe actuarse a sí misma. La posibilidad de recrearse a uno mismo a través de la asunción de un personaje perfectamente moldeable. Quién es quién al principio y al final de todo. Nos escandalizamos, adolescentes tardíos que crecimos con su ejemplo, o sencillamente suponemos que está actuándonse a sí misma, en una meditadamente orquestada estrategia para ganar terreno en los medios.

Lo raro vende, por eso lo de Miley llegó tan lejos. Que se permitiera los préstamos de lenguajes aparentemente disímiles al de su género de formación, es su manera de demostrar que en estos días no existe la distinción entre música negra o música blanca o lo que sea: todo pertenece al amplísimo espectro de la cultura pop, que es de todos. Ella misma, en entrevistas, afirma estar consciente de la anti-naturalidad de su personaje. Afirma, también, que es su modo de encauzar la aceptación de sí mismos en los jóvenes que la siguen. Ser raro, diferente, homosexual, stoner o lo que sea está bien, porque Miley, a quien crecí adorando, también es diferente, también la enjuician y la condenan. Paralelo a esto, fluye su discurso pro-feminista que sólo obvia algo que ya es más que una realidad. Como si yo saliera en este momento a la calle a abogar por los derechos de los negros. Sin embargo, para Miley no puede ser suficiente, hace falta al asombro tras la hipérbole, salir a cantar abrazada a un pene inflable gigante, fumando marihuana (que ya ni es tanto pecado) ante la vista atónita del mundo, enanos en paños menores, un circo de lo bizarro y lo, ajá,  incorrecto. Encarando la figura del rockstar transgresor y polémico, pero con una propuesta en lo musical que nada se distancia del pop de los top 10. Estuvo cerca.  Al final nos queda el show de lo bizarro barroco en que se ha convertido Miley Cyrus. La evidente, y respetable, desesperación por ser tomada en serio, de desprenderse de su imagen infantil de princesa country. De salir al mundo a gritar un mensaje de supuesta libertad en medio de la confusión, que también es la confusión del mundo, pero sólo la idea porque en lo musical permanece la sensación insípida de siempre. A fin de cuentas, ella siempre fue más un personaje que una artista, siempre haciendo las veces de sí misma que a la vez es otra. Agitar el trasero blanco sólo por agitarlo, por escandalizar, por incomodar, porque sí, en cosa de unos meses ya nadie va a acordarse. Mientras tanto, habrá borrado su pasado incómodo. Y quizás, en el mejor de los casos, sí influenciando a toda una generación de perdidos, líquidos adolescentes en busca de sus propios personajes. Sigh.

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