Fosa común

De cómo los ídolos de nuestra generación están cayendo (o no) demasiado pronto: parte uno.

Comienzo a teclear luego de haber cerrado, tras un inclemente bombardeo al botón de replay, la pestaña donde miraba obsesivamente un video musical. Es aquí donde, bajo cualquier otra circunstancia, haría un esfuerzo hipercognitivo por intentar excusarme y salvar el honor de mis apellidos, pero no. El material audiovisual que mantuvo mi atención fija durante cosa de varias horas es el videoclip para una canción de rap (o algo así) en la que colabora *gritos de ultratumba* Justin Bieber. Y sí, me gustó.

Biebs es quizás el ser humano más exitoso de mi generación. Exitoso si hacemos la equivalencia, acaso imposible, del abstracto (por no decir, para efecto de lo que intento explicar, inútil) significado de “éxito” con los millones que tiene en el banco. No obviemos la evidente popularidad de la que goza el, fantasía (por eso lo odias) de tu novia/hermana/prima, músico canadiense, al repasar su historia. Salido de las oscuras entrañas de la nación internet, fichado/apadrinado por un famoso artista negro, convertido en el inocentón adolescente más cursi de los últimos años, profeta de un amor infantiloide, patentado por Disney, imposible, en fin, lo que ya sabemos. Lo que pensamos que es el amor cuando, ridículos púberes, francamente no tenemos idea. Eso que, tal vez, nos gustaría que fuera.

El juicio orientado a la autenticidad de su talento como músico es una batalla perdida. Es el 2014, carajo, y si algo hemos aprendido es que el talento importa realmente poco en la poderosa industria del pop. Las mentes de verdad brillantes son las que están detrás, en el entramado invisible de ese reino tan intocable y lejano. Talentoso o no, el chico atravesó el umbral de la adolescencia con su nombre resonando en los oídos de cualquier persona con acceso a internet, televisión, una radio, etcétera. Si alguna vez te has sentido realizado, famoso, encumbrado, imagínalo: ser Justin Bieber durante una hora. Bastarán un par de chasquidos de dedos para que obtengas lo que sea que más hayas querido. Talentoso o no, su imagen volvió a bombardearnos hace poco: rompimiento con su antigua pareja (desmoronamiento del concepto Disney del amor), arresto, velocidad, violencia, drogas. En cosa de un año, nuestro adolescente cursilón se transformó en el adulto joven desencantado más famoso del mundo.

Ahora lo vemos, brazos que se van llenando de tatuajes, prominentes ojeras cannábicas, actitud punk con los medios que, temblando, le espetan con sus juicios sobre la barbarie de su metamorfosis. Es claro que al ídolo pop de nuestra generación le pesa su pasado oscuro de niño bonito. Ahora lo vemos, transición temática, sus canciones esta vez orientadas al amor más físico, lo superficial por evidente, aquello que sí sabemos que existe y a lo que es más fácil asirnos como método de supervivencia. Ya no hay promesas de afecto imperecedero, lo único que nos queda es esta noche. Lo miramos, a Justin, absorbido por el lenguaje del género en que lo sembraron sus primeros padrinos, donde comenzó a cosechar los primeros frutos de su fama: swag, marihuana, baile, sexo. Los grandes tópicos de nuestros días. Como el amor en otro tiempo.

Miramos al ídolo atravesar el umbral de la adolescencia con las mismas (o casi, seguro que los millones de dólares representan un alivio que desconocemos) dificultades que nosotros. Lo vemos cantar al lado del rapero negro Tyga, así como ya lo he descrito, y nuestro odio de metaleros gordos y resentidos disminuye. Justin Bieber es ahora más como nosotros, quizás, en su decadencia (apología de la caída de los valores con los cuales fuimos educados y que, creíamos, indestructibles) podemos reflejarnos. La figura de Justin como ídolo adolescente ha caído, para unos, para otros sólo se ha transformado casi del mismo modo que sus fanáticos coetáneos, pero lo cierto es que Biebs, como ídolo generacional, ha pasado a representar el derrumbe de sí mismo, de sus valores que son los nuestros, sus certezas que eran las nuestras: retrato de su época que es la nuestra. Sin embargo, el del gran nombre, el del rostro en los escaparates (esto es lo que en el fondo duele) es él, y no nosotros.

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