Fosa común

El horror de descubrirse humano (o algo así)

El gran poeta peruano Enrique Verástegui escribe, cerca del inicio de Leonardo (la antología que de su obra publicó la “Red de los Poetas Salvajes” en 2009), lo siguiente: “Sus labios son mi fruta, su cuerpo / una mariposa que vuela detrás del vidrio de mi computador.”. Yo lo leí y de inmediato pensé, sin avanzar más en la lectura del poema, en dos posibilidades: una mariposa, creada virtualmente por medio de la animación digital, o una mariposa de verdad atrapada en el interior de un monitor no-plano de computadora. Esta última opción quizás sólo sea posible en los terrenos extraños del universo Poesía, o en la sala de un museo de arte contemporáneo. Me explico: una instalación sobre al aprisionamiento de nuestras almas en las ocho aristas del cubo de plástico y metal que es la pantalla de la computadora. Una habitación de paredes blancas y en en centro de ella el esqueleto de un monitor vacío de todos los circuitos, solamente una mariposa intentando volar dentro de ese reducido espacio cerrado. Nosotros la miramos a través del cristal. Somos ella. Aprisionados dentro de la promesa de una expansión global sin límites, de la comunicación al instante que le toma a un bit decir “bit”. Promesa, por supuesto, falsa. Somos apenas el vuelo infructífero de una mariposa que no sabe quién es ni dónde está y para colmo está siendo vista por miles de personas cada día. Como nosotros en nuestras redes sociales. Al final alguien del público sería llamado a romper con un martillo el cristal y liberar así a la mariposa, que volaría hacía una ventana abierta. Una cursilería por el estilo.

Leo el poema de Verástegui a través de la pantalla “retina” de mi iPad. El asunto con las pantallas “retina” es que acomodan cuatro pixeles en el espacio de uno, entonces es muy difícil encontrarse con alguna imagen distorsionada, a menos que esta provenga del exterior del sistema. Muy real, esa es la promesa. Llevo días sin pasar mis dedos sobre una superficie que, ante mi roce, no se ilumine, no despliegue un racimo de opciones dispuestas a mi única merced. ¿Cuándo fue la última vez que toqué algo que podríamos llamar, en su forma más estricta, humano? Porque he visto humanos a través de la “retina”. Humanos que me miraban a través de la suya, a kilómetros de aquí. ¿Por qué mi conversación fluye tan cómodamente en las ventanas de Facebook, sin embargo cuando tengo el micrófono en las manos no soy capaz de hacer otra cosa que tartamudear?

“...my TV ain’t HD that’s too real...” canta Frank Ocean en el track “Sweet Life” de su álbum channel ORANGE. Toda la realidad ya es demasiado real. ¿Para qué, entonces, necesitamos que nuestros que nuestros gadgets emulen esa realidad que ya tenemos en el mundo de afuera? Lo que sucede en internet, por eso estamos atados a él, es un mejoramiento de la realidad, y ya no una simple imitación. Lo demasiado real, como dice Frank, no es el mundo en sí, sino el mundo procesado a través de un aparato. Por eso puedo puedo gozar de este silencioso y solitario carisma que mis interlocutores leen a través de un chat. Por eso no necesito tener en frente a una mujer (que ante mi tacto podría reaccionar no tan complacientemente como mi iPad) para acariciar decenas de pieles distintas en una sola sesión de xhamster

No creo que estemos presos, como la mariposa al otro lado del cristal del computador. En todo caso estamos, como en el poema de Cavafis, encerrados afuera del mundo. Estamos presos de cualquier manera. Adentro o afuera de un sistema operativo. Con o sin internet: presos. Al menos, resguardados en la burbuja de la virtualidad, podemos ser aquello que no podemos en el mundo de carne y hueso. Aquello que no-nos-atrevemos-a-ser. Y, al hacerlo, nos volvemos un poco máquinas: parte de lo que somos frente a los demás ya sólo es posible en el terreno de la virtualidad online. Esto, con los años, habrá de intensificarse o desaparecerá por completo para dejarnos de nuevo a solas con nuestras realidades tangibles. Yo creo en la primera posibilidad, y me siento como mis padres al escribir eso, pero no puedo imaginarlo de otra manera. Qué puedo decir, ya estoy adentro. Ya soy parte del sistema. Miro las venas de mi brazo a contraluz en una pausa que me tomo de escribir esto para servirme una taza de café (o inhalar una línea de un más poderoso estimulante, esto depende de la imaginación del lector). Siento el café quemar mi esófago al bajar (el polvo, mis conductos nasales al subir). Veo mis uñas: están largas. Paso un dedo sobre el símbolo de “nuevo tweet” y tecleo: “me siento horrorosa - asquerosamente humano”.

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