Fosa común

La escritura/ la escritura en internet

Escribimos para dejar constancia de nuestro paso por el mundo. Para que, aquellos que lleguen después, sepan que aquí, en este lugar y en este tiempo, estuvimos. Martín estuvo aquí. Un día de este mes durante este año, Martín estuvo aquí, con las puntas de los dedos sobre el teclado de una computadora, preguntándose el motivo que lo tenía, claro, en este lugar y tiempo, escribiendo. Más allá del paso del tiempo (aquel que aproxima inclementemente la fecha límite para enviar la suma de caracteres al periódico), a Martín lo mantiene pegado a la máquina cierto deseo de perduración. Cierto deseo que es, además, inconsciente. Es quizás el mismo deseo que nos lleva a reproducirnos, a asegurarnos que nuestra descendencia pueble, evidentemente ya no este, sino otro tiempo futuro y otro espacio. Quienes escribimos queremos que nuestra obra trascienda el tiempo útil de nuestros cuerpos. Que nuestra palabra llegué ahí donde nuestra voz no alcanza, porque nuestra voz es (sí, lo es) perecedera.

Quienes escriben con pretensiones literarias, es seguro que tienen en mente intenciones más complejas. Por ejemplo, es probable que algún escritor maquine ahora mismo la novela que le merecerá el Rómulo Gallegos de algún año futuro, con la intención explícita de ganar el premio. Es probable (también/ quizás) que incluso se lo cuente a sus amigos más cercanos durante una tarde de cervezas. Y que sea la cantaleta con que replique a su madre cada vez que esta (con tubos puestos, delantal y sartén en una mano) le pida a gritos que salga a buscarse un trabajo de verdad. Sin embargo, a cualquier motivación que lleve, aparentemente, a nuestro escritor a redactar el último párrafo de su próxima gran obra, le subyace el anhelo de, ya no asegurar sencillamente la trascendencia de su nombre, sino de aspectos tan específicos como las palabras que escribió en papel su padre antes de colgarse de una viga en la cocina. O el sonido que hacía al inhalar el humo del cigarrillo la última mujer con la que se acostó…

Pero, ¿Cómo y en qué medida se modifica el destino de nuestra escritura cuando esta sucede en internet? ¿Se sacia, auténticamente, el deseo de perduración? Pienso (o piensa Martín) que los ejercicios de escritura que suceden en territorios como Twitter o Facebook, cumplen con otro fin que es más bien inmediato. Que no serán pocas las ocasiones en que nos avergoncemos de cierto status cursilísimo publicado durante  un periodo de enamoramiento, y queramos eliminarlo. O dejarlo atrás mediante la publicación spamódica (introduzco el término) de mensajes de odio a un receptor anónimo, sin embargo evidente.

Más allá de la avasalladora simplicidad del ejemplo anterior, existen proyectos de escritura virtual que niegan el velo de inmediatez que cubre a  la actividad humana dentro de las redes. Tal es el caso de algunas cuentas en Twitter que funcionan, en su totalidad, como proyectos literarios. Aquellas en que un solo tuit pierde su significancia al ser aislado de aquel todo (la cuenta o perfil del usuario autor) al que pertenece. No considero fallidos tales proyectos cuando digo que quizás la plataforma ideal para estos sea la de un e-book, e incluso la de un libro impreso. Porque escribir en la red es ser conscientes de la violación al supuesto motivo esencial de la escritura. Que nadie va a asomarse a leer nuestras timelines con más de quince mil tuits publicados para buscar aquel en que nos quejamos del mal estado de nuestras calles. Que, a pesar de permanecer en algún lugar no físico (no hablo de la memoria) y por lo tanto lejano a nosotros, el tuit se pierde .Que desaparece en la parte inferior de las pantallas de nuestros seguidores. Que el acto de tuitear se asemeja, por su brevedad y su volatilidad, al de hablar con alguien desconocido en el metro de una ciudad inmensa. Que también, de todos modos, alguien va a recordar toda la vida cierto tuit que escribimos, en cosa de segundos, burlándonos de la metida de pata en turno de la celebridad en turno.

Y quizás nadie los libros que pasamos noches y hambres y pestes escribiendo.

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