Fosa común

1. Todos tenemos derecho a vivir una vida aburrida

La vida no es caminar en cámara lenta mientras detrás tuyo un automóvil explota tan fuerte que se levanta del suelo. La vida no es recorrer las calles de algún barrio peligroso con una escuadra latiendo en tu cintura y un ritmo sucio adherido a tus sienes. Puedes oír todo el rap que desees, pero nunca vas a salir de esa habitación siendo más de lo que  ya eres. Nunca serás Kanye West ni besarás a Kim antes de dormir aunque quizás si fueras él besar a Kim antes de dormir no sería exactamente lo que harías. El caso es que estás solo, en el departamento pagado por tus padres que habitas desde que dejaste la universidad hace un par de años, y tu vida difícilmente va a ponerse mejor que eso. Y está bien. En verdad, no intento ser condescendiente. Tu estilo de vida te permite disfrutar de paraísos como despertar a las cuatro de la tarde y que lo primero que hagas sea fumar marihuana en la ventana para enseguida desayunar un manjar de cereal y leche. Después vas a intentar terminar tu novela, pero todos sabemos que acabarás enterrando tu vida en Netflix, y verás una vez mas, como cada día, de siete a diez capítulos continuos de tu serie favorita. Te detendrás hasta volver a sentir hambre. Entonces pensarás algo como “bueno, ya perdí la primera mitad del día, qué más da perder el resto” y fumarás más marihuana y ordenarás comida basura por el teléfono y la pagarás con la tarjeta de crédito de tu madre. Comerás esa hamburguesa como un cerdo ciego y mientras lo haces escribirás tuits estúpidos de los cuales sólo vas a reírte tú y al hacerlo escupirás por accidente un pedazo de carne que adornará, durante los siguientes dos meses, la esquina superior derecha de la pantalla de tu laptop. Llegará la madrugada de nuevo y, como una luz de procedencia divina alumbrando de pronto tu oxidado cerebro, tendrás la idea que habrá de definir por fin el rumbo de tu inconclusa obra maestra: una novela sobre alguien que escribe una novela pero en realidad no la escribe porque pasa sus días perdiéndose en internet y fumando hierba. Nunca la vas a escribir, pero, por si alguien te pregunta, ya tienes el título listo: Todos tenemos derecho a vivir una vida aburrida. Una bomba.

2. Cómo ser poeta

Lo primero que tienes que hacer es aprender a fumar. No, no me refiero a adquirir la práctica necesaria para que el humo llegue a tus pulmones y salga sin que tosas en el proceso. Me refiero a ‘saber fumar’ que significa ‘verse bien fumando’. Sí, exacto, como si posaras para la foto. Inhalas el humo de un lado, bajas la cabeza, exhalas el humo del otro, despacio, y alzas la cabeza agitando tu melena. Esa es otra, eh, el cabello largo. Sucio. Y la barba, que si no tienes barba me parece que tu lugar está donde los slammers y performers. Aquí se hace poesía, ok, barba igual a texto y texto igual a barba. ¿Qué llevas sobre la cabeza? Dios, no, quítate eso y usa mejor este sombrerito de paja. Excelente. Para ser poeta debes renunciar a la moda. Tu ropa no puede volver a combinar jamás y por favor no te resistas. Bien, vamos ahora con tus libros. La imagen de una mujer desnuda (si puede ser una fotografía que tú mismo hiciste a alguna de tus innumerables amantes, mejor) en blanco y negro, en la portada. La belleza es lo de menos, basta con que los pechos y el pubis tupido de vello queden perfectamente a la vista. El título debe incluir, sin excepción, alguna de las palabras siguientes: caricia, aroma, ser, flor, ombligo, beso, espejo. En la foto de autor tienes radicalmente prohibido usar zapatos. Lo ideal sería lo siguiente: tú, con todos los botones de la camisa abierta, sentado en el suelo (flor de loto), con la melena deshecha, los pies descalzos y un cigarro en la mano. Debes mirar a la cámara cómo si fueran tus ojos los que capturaran ese momento para la eternidad y no la lente frente a ellos. Hablarás lenta, pausadamente, y al leer, agitarás tus manos en un movimiento conmovido por la gloriosa hermosura de tus versos. Dedicarás, antes de leerlo, tu poema más emotivo a la musa que lo provocó (ella se encuentra en el público), y al llegar al momento más álgido, te levantarás del asiento y gritarás con los ojos cerrados esas últimas líneas de memoria hasta que el llanto te obligue a detenerte. La gente aplaudirá, y se acercarán a ti cuando bajes de la tarima para preguntarte en qué te inspiras para transformar al mundo con esas palabras que nunca vamos a alcanzar a merecer. Culparás a la noche, a la playa, a la lluvia, a las musas… Dirás cosas que dicen los poetas. Porque aquí, lo importante, es lucir como poeta. Para ser poeta sólo hace falta parecerlo, que te quepa en la cabeza. La obra es lo de menos

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