Fosa común

Dos cosas

Una:

Los premios literarios. Todos son el disfraz protocolario de una transa que se fragua tras bambalinas. Todos integrados por jurados corruptibles, otorgados a escritores (o algo así) que pueden pagar el precio. Todos innecesarios: a Borges nunca le dieron el Nobel, nos consolamos. Los premios literarios, en especial los de provincia, y sus libros editados por los consejos de cultura locales. Libros que, de nuevo nos consolamos, a fin de cuentas nadie lee porque su plan de distribución no basta para sacarlos de los estantes de las dos únicas librerías del pueblo. Libros que acaban siendo rematados a diez pesos o regalados en arcones a funcionarios que los usarán para nivelar la mesa de la cocina. Los premios literarios, además, absolutamente infieles a la “ética del arte”. ¿Cómo que pagarle dinero a un fulano por escribir un libro? No, señores. Los premios literarios sólo fomentan la proliferación de una idea muy peligrosa: el arte como objeto puramente mercantil. La divina musa puesta en una esquina, en minifalda, fumando recargada contra un poste. Y qué decir de los jueces... ¡criminales que mutilan el estilo y su libertad, puestos a perpetrar el linaje de cierto canon inamovible!

Todos los premios literarios son basura, hasta que nos ganamos uno. Entonces, por favor, qué ejemplo de transparencia el proceso de selección de los ganadores. Cuánta maestría, evidenciada en la calidad de sus obras (recientemente adquiridas: ahora sí vale la pena leerlas), la de los jueces. Cuánta apertura para la colocación de la obra ganadora en las librerías, hasta se puede comprar por internet. Nos volvemos amigos de los anteriores ganadores, el sentimiento de aceptación que de niños siempre cazamos, aunque sin suerte: la mayoría de los recreos los pasamos solos comiendo torta de huevo en una banca del patio. Pero ya no más, ahora somos “los escritores”: nos tiemblan las piernas al escuchar nuestro nombre pronunciado por el consejero de cultura (toda nuestra crítica se ablanda). Pensamos qué vamos a hacer con el dinero del premio, nunca habíamos visto tanto dinero junto. Poner un negocio, no, mejor dar el enganche para un carro (¿pero cómo voy a pagar el resto, si mi vocación es la de ser escritor y no voy a sacrificar mi aura bohemia en pos de un trabajo Godínez que me ate un escritorio de oficina y a comer sopa fría de un tóper?), no, mejor malgastarlo todo en merecidos lujos como camisas de marca y plumas fuente de miles de pesos. Plumas fuente y libretas moleskine genéricas para refrendar el oficio. Para que todos nos vean y digan: mira, él ha de ser escritor. Y sí, ya lo somos (ahora poseemos un premio que lo avala), y con esa certeza nos acostamos por la noche a dormir plácidamente. Después esa certeza, como es cualidad de las certezas, acabará por aburrirnos y poco a poco iremos dejando la pluma de lado. Un párrafo, un poema cada dos, tres meses. Comenzaremos a encontrar el placer de la escritura en otros sitios: las series de televisión, la cocina, quizás incluso comencemos a redactar notas para un diario (no queremos dejarlo todo tan de tajo). Dejaremos de escribir, pero nunca de ser escritores. Y todo gracias a los premios.

La otra:

Tristeza. El balón en el pie de Sneijder y segundos después en el fondo de la red. La mirada de Ochoa y de toda la defensiva mexicana siguiendo puntual la trayectoria de la bola, impotentes. Ochenta y tantos minutos de sueño sostenido quebrados por un grito de gol naranja. Maldita sea. Pensamos en el tiempo extra: hay ventaja, los holandeses sudan y sudan y su piel acostumbrada el frío enrojece cada vez más. No van a aguantar mucho más con este tipo de juego tan insistente al ataque. Habrán de bajar la guardia y entonces un centro a la cabeza del Chicharito y gol: la gloria de regreso en nuestras manos. Aterriza nuestro pensamiento, abrimos los ojos de nuevo. Miramos a Robben caer aparatosamente en el área y al árbitro sonar su silbato y hacer la señal tan temida: el pulgar del César apuntando al suelo. Todos en silencio. Ochoa, el salvador, a su grandeza nos asimos. La pelota se clava en el extremo izquierdo de la portería. En el sector izquierdo de nuestros pechos. Así, en cosa de unos minutos, se va todo al carajo, pensamos, mientras miramos a nuestro padre llorar por segunda vez desde que murió su padre. La realidad que estruendosa nos golpea la cara. Seguimos siendo incapaces de sostener un triunfo. No bastó el sueño del director técnico: esta vez sí íbamos por la copa, el mundo era nuestro. No terminamos de jugar el partido, nos quedamos a cinco minutos de hacer historia. A cinco minutos de, una vez perdido el petróleo, tener algo que nos alegrara la vida al menos una semana más. Una semana más, carajo. Y queremos culpar al otro: al árbitro, al holandés actor de primera clase, a la FIFA y la marca de la televisión que trasmite en tiempo real nuestra desgracia. Nada basta. Nuestro hábito de autodestrucción siempre es más grande. El tío que bebe su decepción mundialista hasta la inconsciencia ante la mirada atónita de la familia es lo mismo que los once de verde que en la cancha no pudieron aguantar el peso de su, ahora sólo soñada, victoria.

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