Fosa común

La cosa de publicar un primer libro (de poemas, al menos)

Hace poco más de un mes presenté, en la sala Abundio Martínez del Centro de las Artes de Hidalgo, ROJO, mi primer libro de poemas. El poemario fue escrito durante el último año, y tuve la fortuna de publicarlo tan pronto estuvo listo. Todo esto me ha puesto a pensar en las dificultades (y facilidades) a las que un escritor novel se enfrenta cuando se trata de llegar al lector por medio del método más tradicional posible hasta nuestros días: la impresión y distribución física de la obra.

En las próximas líneas me referiré únicamente a la publicación de un libro impreso, que es un terreno casi siempre dominado por terceros, a diferencia de la publicación de un ebook, que uno puede realizar sencillamente si cuenta con las herramientas elementales. En primer lugar, está el asunto de las editoriales: sabemos que los gigantes del mercado están poco interesados en publicar, ya no digamos a poetas inéditos, sino al género en toda su extensión. La novela es el género dominante en el mercado editorial actual, y esto obedece a la necesidades del lector promedio. Las editoriales que publican poesía en nuestro país son en su mayoría independientes, y el financiamiento del proceso de edición e impresión a menudo corre por la cuenta del propio autor. ¿Qué hacer, entonces, si no se cuenta con los recursos necesarios para llevar a cabo esta empresa? La respuesta más inmediata tiene que ver con la becas y los premios que ofrece el estado a los creadores. Si se trata de una beca, el proceso consiste en presentar una idea de proyecto a desarrollar durante un lapso aproximado de un año, durante el cual el autor afortunado recibirá un monto mensual, que bien puede utilizar (si tiene la fortuna de contar con otra fuente de ingreso, o de no tener que mantener algún vicio o ser vivo) para financiar la publicación de su obra. El otro camino, el de los premios, se trata de enviar un poemario inédito para que sea dictaminado por un grupo de especialistas en el rubro (casi siempre) y en caso de resultar ganador, se premia al escritor con la edición e impresión de su libro, además de otorgarle una suma cuantiosa de dinero que el autor en cuestión pondrá bajo custodia del banquero, apartándola así de toda posibilidad de despilfarro etílicamente motivado, y asegurándola como una segura fuente monetaria para la edición de un hipotético nuevo libro. En este respecto, surge un inconveniente pocas veces tomado en cuenta: la extensión de la obra.

La mayoría de los concursos de poesía que existen en nuestro país incluyen en sus convocatorias una restricción al número de páginas que deberá contener el manuscrito. Yo, al menos, no tengo bien claro a qué obedece este parámetro, y por qué suele variar (mínimamente, es cierto) según el premio en turno. El problema que encuentro en este aspecto es el siguiente: ¿Qué pasa con los libros que no alcanzan a cubrir la extensión mínima requerida por los organizadores? ¿Debe uno estar dispuesto a mutilar o rellenar de paja la propia obra con tal de ser candidato a publicar la obra? Me parece que en cualquiera de ambos casos, aún resultando el libro ganador, es el trabajo final el que acaba perdiendo. Con esto no quiero decir que un autor no pueda ser capaz de ajustar su escritura dentro de ciertos límites palpables, sino que no me parece que la extensión de una obra resulte ser determinante en la calidad final de la misma. Pensemos, por dar un ejemplo citadísimo, en Muerte sin fin, que en nuestros días, con las pautas así como están señaladas, hubiera sido impublicable por esta vía.

Es aquí donde volvemos al principio. Si el autor inédito, como estoy seguro que existen muchos, no está dispuesto a sacrificar la libertad de su proceso creativo en virtud de lo antes expuesto, la única opción plausible parece ser la autopublicación. ¿Cómo, pues, hacerlo sin ningún tipo de apoyo económico? Internet. Allí es donde están los lectores, y aunque inicialmente será difícil comenzar a cosechar ingresos económicos, al menos no tenemos que esperar a ser legitimados por nadie, ni que imponernos ninguna clase de censura. A fin de cuentas, si lo que queremos es hacer dinero, lo mejor será pasarse del otro lado del escritorio. Allí es, lo sabemos (y ya ni nos importa), donde está el negocio.

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