Fosa común

El blues de los malditos

El malditismo como lifestyle literario ya no nos impresiona. Se ha vuelto cotidiano hasta el hartazgo. Donde quiera que volteemos la cabeza, nos encontramos con un nuevo poeta maldito enarbolando sus oscuros cantos a la destrucción y la miseria. Pedísimo y/o atascado de drogas. Vistiendo harapos. Nunca leyó a Baudelaire. Conoció a Panero por Bunbury o, mejor dicho, cree que los versos del primero pertenecen al segundo. En fin, nos cuesta trabajo tomarlos en serio. Nos parece muy lejano el tiempo en que estos extraños seres caminaron sobre la superficie de la tierra dejando tras de sí, como legado para el mundo futuro, una estela de otra cosa que no fuera una profunda lástima.

No se piense, por esto que digo, que estoy a favor de cierto puritanismo poético. Yo mismo soy, me declaro, fan de los malditos clásicos, de los malditos modernos e incluso de ciertos malditos pop contemporáneos como Morrison o Cobain. No negaré que soy seducido por la idea de una genialidad deslumbrante conviviendo con los tipos más desenfrenados de la autodestrucción. Me atrae la noción de equilibrio en esa fórmula. Nunca la balanza, a mi parecer, puede inclinarse hacia uno u otro extremo, porque entonces no hay maldito. Si es mayor la genialidad, hay genio. Si es mayor lo otro, hay ridículo.

Propongo el siguiente drinking game: invite a su casa al poeta pseudomaldito de su preferencia, seguro conoce a más de un par. Un domingo, por poner algo. Encienda la televisión, busque el canal del futbol. Intente comentar el partido con el artista invitado. Mírelo retorcerse. Ahora sí, está usted listo para comenzar. Saque una botella, previamente adquirida, del licor de su elección. No se esmere en lucirse. Escriba lo siguiente en el buscador de Google: poetas malditos. Click en el artículo de la Wikipedia. Beba, junto con el poeta, un trago por cada autor que lea enlistado como auténtico maldito. Mírelo como apenas si se marea mientras usted va sintiéndose cada vez más poseído por el alcohol. Una vez terminado de leer el artículo, levante las copas, los vasos. Guarde la botella de regreso en su lugar. Abra la puerta. Pida al poeta que se retire, no le permita comenzar a poetizar en voz alta frente a usted. No vuelva a invitarlo jamás. Retírele la palabra. Disfrute, en solitario, del resto del partido y, de así desearlo, reanude la embriaguez.

Creo que existe un malditismo auténtico y celebro su aparición cada tanto en la historia de las generaciones. El desarreglo de los sentidos (propuesto por Rimbaud) no siempre surte en aquellos que a él se entregan el efecto iluminador que se promete. La embriaguez no va a hacer lo que la lectura y la práctica constante de la escritura no han hecho por el poeta en años de entrenamiento. Tampoco lo hará la exposición prolongada e inmisericorde a la desgracia, al amor y al desamor, a la locura. El gran enfermo, el gran criminal en que se convierte el poeta al entregarse al malditismo, acaba siéndolo (allí Rimbaud no mentía) pero ¿y la poesía?. Siempre serán los menos, unos cuantos, los elegidos. Biografías atractivas por su estridencia, pero siempre a la sombra de lo que en realidad importa: la obra. La biografía, como la sombra, a un lado, inseparable, complementaria. Auxiliar en la creación del mito (no siempre necesario), nunca sostenible en sí misma. Para atreverse a “insultar al Universo”, a la realidad (literaria y no) como absoluto o único camino, no basta con embriagar al poeta. El poeta ebrio, sin el genio, no ilumina la realidad miserable, sino que acaba por enturbiarla todavía más.  Los poetas de la vida (entusiastas de vivir, que no escribir la poesía), que lo sean, pero conscientes de ello. Conscientes de que la poesía y sus poetas son unos, la vida y sus poetas son otros, y que los poetas de la vida y la poesía, los malditos, brotarán cada tanto sin que podamos jamás forzar su aparición en la historia.

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