Fosa común

El amor me encontró comiendo una barra energética

No miento. Yo estaba de pie, allí, junto a mi sombra, fumando un cigarrillo que seguramente estaba apagado. Pensando en cosas, mirando, a través de las ventanas de sus autos, a los conductores hurgar sus narices y acomodar de nuevo las manos sobre el volante mientras sobre sus rostros se trazaba una mueca evidente de asco. Después desaparecían y yo volvía a pensar en mis cosas. ¿En qué pensaba, por cierto? No lo recuerdo, pero sí lo de los conductores, el cigarrillo apagado, y la barra energética almacenada en mi bolsillo izquierdo desde hace aproximadamente una semana. Sabrá usted que, dentro del protocolo vital de todo aquel que se precie de ser un nómada moderno, es mandatorio el hábito de la acumulación de reservas. Así pues, la barra energética de marca genérica y relleno sabor durazno era mi personalísima forma de contactar con el hombre primitivo que fuera mi ancestro más lejano. Una reivindicación de mi estatus anti-evolucionista, además. Claro, de la resistencia a cualquier posible sometimiento de mi vello corporal y de mi esencia (en su sentido más elemental). La barra estaba envuelta en papel brillante color amarillo y plateado. La caducidad venía fechada así: 111204, por eso caminé hasta el edificio con el número once en la entrada y subí hasta el doceavo piso y toqué la puerta número cuatro. Mientras nadie atendía mi llamado, me dispuse a comer la barra. Pude sentir como la fibra seca se adhería a mi paladar y tosí. Después dejé la boca quieta para que se llenara de saliva y ésta diluyera ese áspero material que martirizaba mi mucosa. Lo siguiente que pude percibir fue la pegajosa textura del falso durazno vuelto jalea.

Llegué aquí como pisándola estación final de un trayecto marcado por una afición casi religiosa al caos, al azar. La vida tirada como un juego de dados, quizás, si ninguno de las caras de esos cubos del azar tuviera marcada un solo punto. Caos, te digo, no bromeo. Y ese no saber qué, ni cómo, ni para dónde, de verdad es un refugio en un mundo en el que todo está perfectamente cronometrado, en su sitio, exacto. ¿No se dan cuenta ellos de lo aburrido que es vivir entre cuatro aristas de sol a sol? ¿De foco a foco? ¿Entre trescientos sesenta grados multiplicados por veinticuatro por cada hora que pasa adherida a sus muros-horizonte? Yo no pude con eso, elegí tirarlo por la borda.

Caminé, caminé, y vi cómo a mi alrededor los pájaros comenzaban a caer muertos. El cabello de las mujeres caminando en el sentido opuesto se volvía cada vez más mar y menos oscuro carbón como el que descubrí al mundo guarecer en sus entrañas. Como el que vi al mundo proteger como si se tratara de su corazón, de un hijo perdido por años. Miré siluetas aparecer y desaparecer de los bordes de mis pupilas, sonidos evaporarse y aparecer de nuevo, pude mirar la vida y andar junto con el tiempo a un ritmo que en titubeos coqueteaba con la sincronía. Pude ser el tiempo, sentirlo. Siendo el azar fui yo mismo el tiempo.

La situación es que yo comía la barra energética e intentaba detectar algún posible gusto a putrefacción en mi empresa, pero no ocurrió. Nadie puede anticipar la muerte de nadie, ni siquiera las personas que empaquetan estas cosas, pensé. Entonces sucedió. La puerta número cuatro se hundió hacia el interior de sí misma como movida por una acción gravitacional desconocida por mí hasta entonces. Se fue haciendo cada vez más delgada hacia su lado derecho hasta desaparecer. Detrás de la puerta estaba ella, y, por un momento, dejando flotar mi criterio como un adolescente, de verdad creí que en su mirada percibí la textura del reconocimiento. Como si en los nudos inexplicables de su iris yo pudiera mirarla mirándome antes de ese momento y posteriormente volviéndose a mirar en este plano temporal tan frágil que insistimos en llamar ‘presente’, aun cuando al decirlo ya se ha convertido en otra cosa. No era posible, sin embargo esos ojos. Cuando se dejó de mirarme, o le pareció extraña mi mirada, o su olfato detectó la acidez de mi presencia, ella desapareció y enseguida volvió a parecer con una bolsa de pan blanco en las manos. Yo no iba a pedirle nada. Yo sólo iba a tocar la puerta, pero, a veces, las casualidades. Uno se adapta, acepta, toma la bolsa de pan y se va caminando con la mitad de uno ahogada en el pozo inmenso de esas pupilas, y la otra mitad trazando la ruta hasta el edificio veintitrés, piso nueve, habitación número noventa y cinco.

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