Fosa común

Veinticuatro horas (segunda parte)

Yo fui el primero en desquitarme la tranza: ya de vuelta en la camioneta me acomodé dos jaladas bien duras de ese líquido que se congelaba al tocar la manga de mi chamarra. En chinga sentí el madrazo en la zona de la nuca, el zumbido en las orejas y la risa estúpida, incontrolable, a todo lo que daba. Mi viaje sembró la tentación del resto de la banda a bordo, aun de los más limpios.

Pero ahorita ya andas bien grifo, patán. No te me quieras poner moralino. Regrésate a la casa de T, ya no importa. Tírate al pasto porque la pastilla y la mota congenian tan a toda madre que soltar palabra se vuelve un lujo que no te puedes ni te sabes conceder. Sabes solamente que no te vas a mover de ahí hasta que el rugido de las tripas de obligue a arrastraste hasta donde caiga un taco o lo que sea.

¿Dónde quedó esa pinche lata?

Ya casi nadie quiere seguir el cotorreo autodestructivo. Les bastó con su gallito mal forjado y el doce de cheves. Chale. Pero yo sé que a mi compa el T no le tiembla nada. Ese perro es recio, chingadamadre. Me lleno la manga izquierda de esa escarcha que escupe la lata blanca que me quisieron esconder. Acerco mi cara a este retazo de Antártida que llevo sobre la ropa e inhalo con nariz y boca hasta que los labios moretean y la punta de la nariz es la semilla que inocula el fantasma. Suenan el jazz. Siempre suena el jazz porque siempre es mi idea. Aquí yo mando. Pero nomás aquí.

Desde el suelo descubro la altitud inalcanzable de las copas de los árboles. Pienso que el jefe, el dios que predican, si existe, anda todo el día balanceándose sobre de ellas. Sin poder pisar firme. Como yo, a imagen y semejanza. Me da por alzar las manos, como si hurgara, en el espacio de aire entre mi cuerpo y las estrellas, buscando una migaja de divinidad. Algo que me saque de aquí y me ponga entre los labios una probadita de eso que llaman la vida eterna... Entonces sucede: un estremecimiento que me recorre desde las nalgas hasta la cabeza. Como si una lengua recorriera mi espalda desnuda justo por el centro y hacia arriba. Allí donde anidan las vértebras, el placer, la estructura, el orden, todo. La música está durísima. Noto las miradas de mis amigos. Están preocupados. T también se retuerce sobre el pasto, con los ojos en blanco. No hay más que éxtasis en el ir y venir de sus pupilas que ya le invaden lo blanco de los ojos.

Fue así como supe que tenían razón, compañeros. Siempre la tuvieron. Un hombre es más que su cuerpo. Más aún que su propia mente. El espíritu existe. Y despertarlo está al alcance de un pasón.

Dios nos habla, siempre lo ha hecho, pero en voz bajita y en un idioma distinto.

Es lo que puedo compartirles, compañeros.

Gracias por escucharme y felices veinticuatro horas.

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