Fosa común

Lucía

La primera vez que cogí con Lucía lo hicimos sin condón. Coger, así decía ella. Lo escuchó de alguno de sus compañeros de clase que había viajado al otro país del que volvió, según me cuenta, con apenas un montón de palabras raras. Coger, así decía ella, pero sólo cuando cogíamos. Estábamos sentados frente a la televisión en la salita de su casa. Mirábamos un documental sobre la vida en el país durante la década pasada. Un montón de chicos vestidos de negro, con las cabezas rapadas salvo una franja que la atravesaba por el centro, azotaban botellas vacías contra algún muro, otros hacían pintas sobre la ventana de una casa mientras al fondo sonaba una música estridente y acelerada. Hablaron también de la heroína y entonces, Lucía, que se había quedado dormida sin que yo lo notara, despertó de golpe. Dijo algo sobre el frío, muy despacio, como si sus labios no hubieran terminado de salir del sueño. Luego miró el televisor y me contó de la primera vez que escuchó la palabra heroína. Debía tener unos seis años, estaba de visita en casa de su abuela. Una visita extraña, decía, porque el hermano mayor de su padre acababa de morir por una sobredosis. En esos días escuchó la palabra las veces suficientes como para necesitar preguntarle a alguien por su significado. Su madre, Ana, ahora más que nunca atormentada por la era atroz en la que habría de crecer su hija, naturalmente le mintió. Pero no del todo: le dijo que la heroína era la versión femenina de un héroe. Así era Lucía. Llegaba a la vida de los demás con el ánimo velado de salvarlos. De lo que fuera, para ella cada uno de nosotros (y no lo pensaba en su sentido religioso) necesitábamos ser salvados. Por eso se había metido conmigo, con la intención más inocente de rescatarme. Y de coger.

Yo había abandonado la carrera de filosofía para dedicarme por completo a vivir. Sí, vivir, o lo que fuera que yo entendía por ello. El asunto es que en la universidad yo conocí a un par de tipos que eran algunos años mayores que yo. Ellos eran lo que nos quedaba aún de esos chicos revoltosos que miré después en la televisión de Lucía. Nos saltábamos las clases para ir a beber a un bar cercano, y luego organizar una pelea que nos permitiera salir huyendo sin pagar la cuenta. Uno de esos días, aún agitados por la carrera, uno de ellos habló de acomodarse un pinchazo. Yo no entendí un carajo hasta que sacó del bolsillo de su chaqueta un envoltorio con un polvo parduzco dentro. Cuchara, jeringa. Me pidieron mi encendedor de gas, que yo cargaba siempre desde que comencé a fumar. Caminamos hasta un parque que a esta hora ya debía estar desierto. Nos acomodamos entre botellas rotas que formaban un círculo. Pensé en rituales mientras los miraba preparar la mezcla y luego succionarla con la jeringa que sostenían entre cuatro manos temblorosas. Pensé en la hostia cuando los vi inyectarla (la mezcla) en sus venas que parecían crecer cada vez que veían la aguja acercarse. Dudé en doblar la manga de mi camisa hasta el hombro cuando me extendieron la aguja aún con algo de sangre goteando de la punta. Estaba seguro de que quería vivir, y vivir es vivir todo, pero la heroína era demasiado incluso para mí. Así que perforé mi piel sobre la vena que pude ver más clara, y dejé que mi pulgar cayera sobre el émbolo.

lucía está sentada en la cresta de una ola y sonríe mientras se estrella con la orilla mi cabeza navega por debajo de ella y todo esto puedo mirarlo muy claro como si abriera los ojos tendido sobre el fondo del océano abro los ojos cada vez que los cierro y es una sensación placentera  los cierro frente al cuerpo desnudo de lucía que viene y va sobre mi cuerpo en su cama  los abro frente al cuerpo transparente de lucía que ahora flota entre estrellas dentro del negro vacío de mi cabeza me pregunto si ella sabe de las mariposas que emigran del frío al calor de mi cuerpo al suyo mi cabeza se vuelve una cueva y la voz de ella que gime rebota por todas partes y yo ya no aguanto y voy a vomitar sobre el cuerpo de ella que ya no tiene nombre y su cara se diluye en mi cabeza como la pintura en el agua cuando se enjuaga un pincel lo siguiente que sé es que una sombra me grita y es una sombra desnuda con cuerpo de mujer y tiene una constelación dibujada sobre su vientre es la constelación del vómito y me grita y me dice que me vista y que me vaya

La primera vez que cogí con Lucía lo hicimos sin condón. Ella decía coger sólo cuando cogíamos, pero ninguna de esas veces la recuerdo. Coger es una palabra que aprendió de un amigo que viajó a otro país y murió en el viaje de regreso. Lucía y yo cogemos a menudo cada vez que mi familia me visita y me trae cigarros. Yo fumo en mi cuarto y pienso en Lucía hasta que cae la noche y ella puede visitarme. Entonces ella vuelve a intentar salvarme y yo le digo que hable más bajo porque su madre podría escucharnos y esta sería en verdad la última vez que nos acostamos.

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