Fosa común

Leones

Un hombre cautivo debe

asesinar a dos cachorros de

 león sin ser descubierto por

sus madres. Está armado

 únicamente con una lanza, y,

 de fracasar, su esposa e hijos

serían devorados por la tribu

de caníbales que los mantienen

 presos.

Henry repasaba esas líneas una y otra vez, e invariablemente se llevaba las manos a la cabeza. Es inverosímil, pensaba. Repetía esa frase una y otra vez, e irremediablemente se llevaba a los labios la botella de vodka. Así, encerrado en el estudio que adaptó en el sótano de su casa, habían transcurrido las últimas doce horas de su vida.

Tecleo, trago, la respiración agitada y el sonido que producían sus uñas al rascarle el cuero cabelludo. Nada más se escuchaba en el pequeño bunker que se había encargado de construir mientras la fecha límite para presentar el guión terminado ante el estudio de filmación se aproximaba. Una vez que le hubieran dado luz verde para arrancar la producción, su cuenta bancaria volvería a las cifras habituales. Henry sabía que esta era la última carta que tenía por jugar si quería recuperar las pérdidas que su anterior película había representado para la casa productora y su propio bolsillo. Sabía también que, de haberse procurado un guionista como las veces anteriores, la situación le sería infinitamente menos adversa. Mientras tanto, la botella de vodka perdía peso cada vez que volvía a azotarla contra el escritorio.

La historia de la familia adinerada que decide aventurarse a un viaje hasta una isla remota para vacacionar, y termina apresada por aborígenes antropófagos estaba a punto de escribir su clímax entre el ir y venir atropellado de las manos de Henry hasta el teclado. Fue entonces cuando, quizás por obra del alcohol en su cerebro, le sacudió aquello que él interpretó como un instante de iluminación: el menor de los dos hijos del protagonista está atado a una silla de ruedas. Sí, allí estaba el elemento que inyectaba de angustia a la trama. A partir de entonces el ritmo acelerado de su tecleo desplazó el silencio que había imperado en su solitaria habitación. También aumentó el frenesí con que los labios de Henry bebían del pico de una nueva botella.

Henry testificaba como el final de la historia comenzaba a precipitarse sobre los pixeles de su monitor. Un éxtasis sin precedentes le invadía todo el cuerpo. Al fin, luego de tanto, decía para sí mismo. Pensaba, incluso, que sólo por ese momento había valido la pena pasar por tanta basura durante estos años. Tenía frente a sus ojos el guión sobre el cual la gran película del verano se habría de componer. El protagonista atravesaba con su lanza ambas cabezas de león en un solo movimiento triunfal... y, de pronto, el sonido de algo que azotaba contra la puerta cerrada que daba a la estancia. El tecleo se detuvo. Sintió, por primera vez en horas de trabajo ininterrumpido, el sabor amargo del alcohol en los bordes de su lengua. Aguardó un rato en silencio con la esperanza de que sólo se tratara de una mala jugada de su imaginación. Entonces vino un segundo estruendo, acompañado por un grito que le cimbró los tímpanos. Se levantó de su silla y avanzó dando traspiés hasta la escalera que conducía a la puerta. Henry tenía mucho miedo. Muchísimo miedo de que ese grito proviniera de la garganta de alguno de sus hijos. Por eso tomó uno de los tubos que, sobrantes tras la construcción del estudio, reposaban contra el barandal. Subir las escaleras con tanto vodka en la cabeza hizo parecer el esfuerzo de escribir el guión un juego infantil. Una vez que hubo logrado mantenerse en pie frente a la puerta cerrada, acercó lentamente su oído izquierdo a la madera aún sin barnizar. Silencio.

Volvía a incorporarse cuando un rugido ligeramente agudo le estremeció al punto de soltar el tubo que había llevado entre sus manos hasta allí. Inmediatamente pensó en los leones de su historia. Otro rugido igualmente agudo, seguido de un grito aún más aterrador que el anterior, le obligó a recoger el tubo del suelo y decidirse a atravesar la puerta. Pasara lo que pasara, Henry debía poner a sus hijos a salvo de lo que fuera que les estuviese amenazando al otro lado del umbral. Colocó su mano temblorosa sobre la perilla de la puerta. La giró lentamente, y conforme el mecanismo del cerrojo se activaba para abrirse, los rugidos y los gritos se intensificaron. Henry entendió que no había tiempo para reparar en nada y abrió la puerta con un valor digno del héroe de su historia. Atravesó ambas cabezas de león con un sólo movimiento triunfal.

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