Fosa común

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I. Cuando Cortés, el conquistador, firmó la primera carta de relación que enviaba a sus superiores del otro lado del océano el 10 de julio de 1519, sabía que no era el primero en reportar lo que sucedía en aquel territorio que Colón había descubierto apenas diecisiete años atrás. Conocía perfectamente los antecedentes que su empresa tenía en los diarios del propio Colón y  en la carta que envió Vespucio a Lorenzo de Médici en el año de 1500. Esto le facilitaba enormemente el trabajo: ya no parecía necesario ahondar demasiado en la descripción física de los naturales, ni utilizar demasiada tinta para narrar la peculiaridad de sus costumbres. Así que Hernán, conquistador, releyó su redacción y optó por eliminar los anteriores rasgos, y delegó a su personalísimo editor un sencillo compendio de su actividad militar en las Nuevas Tierras.

II. El editor en turno, cuyo nombre resulta nombre perfectamente omisible para efectos de esta historia, no era lo que calificaríamos como un pasivo seguidor de órdenes. Creía profundamente que la lejanía física respecto de la Corona anulaba de cierto modo su efecto regidor. Fue por esto que, luego de leer la tediosa antología de hazañas militares de Cortés, se tomó la libertad de realizarle un par de modificaciones. Es prudente mencionar la ejercitadísima habilidad del editor como tejedor de tramas. El hombre a quien Cortés confiaba la revisión de todo cuanto escribía recuperó los aspectos que su capitán había tachado y los narró y describió magistralmente. Del mismo modo, le pareció que sugerir aquello que ahora se denomina “conquista ideológica”, era un enorme obstáculo para la renovada intención estilística de la carta. Así que, realizados los cambios que él creyó prudentes, la carta salió del Nuevo Mundo en dirección a la península. Procedió del mismo modo con la segunda carta que le entregó Cortés, firmada en octubre de 1520.

III. Luego de haber vencido a los mexicas en Tenochtitlan en 1521, Cortés redactó la tercera carta que habría de ser enviada al emperador Carlos V. El conquistador entregó a su editor, como se ha visto que era costumbre, un informe más sobre la victoria militar y religiosa que habían conseguido sus huestes. A diferencia de lo acontecido en las dos ocasiones anteriores, esta vez Cortés exigió echar un vistazo a la versión final de la carta sin avisar de ello previamente al editor.

IV. La situación se resolvió con la sencillez habitual que acompaña al actuar de un hombre hinchado de ira: la cabeza del editor rodó por el suelo tan pronto Cortés hubo terminado de leer la carta. En ella se detallaba la belleza natural de los territorios descubiertos y se describía un proceso de asimilación motivado por una epifanía presenciada por el propio Cortés y sus allegados más próximos. En tal visión, Jesucristo mismo descendía de las alturas para revelarse a sí como una representación de la divinidad mexica Quetzalcóatl, y le exigía al propio Conquistador que se encargara de adorarle en su forma de serpiente emplumada (que era, según dijo en su aparición el hijo del Señor, la forma legítima de su padre; la verdadera y única forma del Dios creador). El trance alucinatorio finalizaba con la petición expresa de Jesús, hacia Cortés y su gente, de abandonar todas las costumbres previas que les habían sido enseñadas según la fe católica. Tras considerar el dogma cristiano como arcaico y lejano a la auténtica esencia divina, Cortés invitaba a la Corona a seguir este nuevo rumbo revelado por Cristo mismo en la ciudad de Tenochtitlan durante el mes de agosto de 1521. Luego de eso, firmaba su carta con el nuevo nombre nahua que le había sido otorgado.

El Conquistador, después de posteriores (y más serenas) relecturas a la falsa epístola, buscó la forma más inmediata de establecer contacto con el emperador: acomodó todo lo que fuese necesario para zarpar a la península.

V. Cortés jamás imaginó encontrarse con lo que se encontró tan pronto le fue posible divisar tierra firme. Enormes palacios piramidales se erigían en los sitios donde las antiguas iglesias solían albergar la fe de miles de cristianos. Las pieles blancas de sus compatriotas se mostraban extrañamente teñidas de oscuro y expuestas a los rayos del sol. Sólo un pequeño paño cubría la entrepierna de los hombres, pero las mujeres andaban completamente desnudas. Al Conquistador le pareció que nada de esto se asemejaba en absoluto al modo de ser de las cosas en el Nuevo Mundo, pero tampoco era ya la España que él había abandonado años atrás. Esto fue lo último que pudo pensar Hernán Cortés, conquistador de las Indias, pues, tan pronto pudo bajar del barco, una flecha de hierro disparada desde un extraño cañón portátil con forma de arco le atravesó el pecho. La gente de tierra le reconoció como un intruso por su vestimenta extranjera, y su cuerpo fue ofrecido, según se indicaba que debía hacerse en las cartas que él mismo había enviado, al dios serpiente en la cima del templo más alto.

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