Fosa común

Entrevista a Ashauri López (segunda parte)

El cliché, con toda razón, nos dice: si muchos lo odian, seguramente algo está haciendo bien. Tal es el caso de Ashauri López, polémico (por emplear un calificativo) escritor, director de videos musicales, y una de las pocas mentes creativas en México capaces de llenar cualquiera que sea el recinto en que se presente. Su principal herramienta (de publicación, autopromoción, etc.): internet. Elegí conversar con él porque me parece que el suyo es, en nuestro país, el primer gran nombre de una generación de creativos cuyo trabajo está cambiando la forma en que entendemos el arte, la comunicación e incluso nuestras propias vidas. Una generación anclada en la red que significa la primera línea de ataque de toda la revolución que será un siglo del que apenas sabemos nada, pero ya somos capaces de imaginarlo todo. Una generación a la que, además, pertenezco, y tal pertenencia me obliga, cuando menos, a hacer un esfuerzo por comprenderla. Así que, sin más, fanáticos y detractores, dejo con ustedes la conversación que mantuve vía correo electrónico con Ashauri López, un artista underground que, no obstante, tiene agotados los tirajes de sus libros.

Martín Rangel: Existe esto que llamamos literatura. Una etiqueta que, cuando colocada sobre nuestro trabajo, parece atraer más lo malo que lo bueno. La necesidad de ‘encajar’ o de ‘relacionarnos’ con una tradición que es imposible dejar de lado, por ejemplo. Yo creo que tú, junto con otros muy interesantes escritores de tu generación (principalmente en Norteamérica: got alt lit?), has sabido muy bien desprenderte de esa carga y al hacerlo has conseguido una libertad que te permite hacer de la escritura prácticamente lo que quieras. ¿Es esta tu relación con lo ‘literario’? ¿Ashauri escribe literatura, o es que al leerlo nos enfrentamos a aquello que sería más sensato, sin menospreciar nada al hacerlo, llamar llanamente ‘escritura’? ¿Es este el paso a dar, en un país como México, para convertir en lectores a los no lectores?

Ashauri López: En lo personal, esa discusión sobre qué es literatura o qué no lo es me causa mucha risa. Yo no uso la palabra literatura para definir mi trabajo, no porque no crea que lo es, sino porque hay mucha gente de mente pequeña que se ofende cuando ve que alguien me define así. Esto no es mi culpa (ni la de ellos, en realidad), sino de todos nuestros ancestros que pusieron un halo de santidad a la palabra para, no sé, sentirse mejor con ellos mismos. Las letras son letras, y pueden usarse para bien o para mal. La palabra literatura debería ser usada para definir cualquier tipo de texto, justo como la palabra música define cualquier tipo de música ya sea buena o mala. Ese juicio sobre qué es malo y bueno, nunca ha sido definitivo en nuestra historia. Actualmente estoy escribiendo un ensayo que se llama “No eres un artista, eres un pendejo”, en el cual expongo la idea de que un artista necesita bajarse de su nube cargada de ideas egocéntricas sobre sí mismo para poder conectarse más con el mundo y crear obras más significativas para la gente. Hay muchos a los que les llama la atención que siempre me refiera a mí mismo como “un pendejo” y a mis obras como “pendejadas” o “basura”, inclusive hay otros que se molestan porque consideran que esta es una actitud nihilista, sin embargo nada tiene que ver con eso. Es un método que utilizo para mantenerme humilde y receptivo a las nuevas ideas. Me digo a mí mismo que no sé nada para aprender sobre todo. Siempre le he tenido miedo a volverme otro escritor creído que pone de pretexto la poca cultura de la gente en su contexto para justificar que no es leído. Siempre le he tenido miedo a creer que soy poseedor de la verdad absoluta. Siempre le he tenido miedo a sentir que valgo más que los demás. Porque esas son el tipo de mentiras que se traga el artista poco capaz para no esforzarse y dormirse en sus laureles. La verdad es que somos un pequeño planeta en un universo caótico al que no le importa nada de lo que hagamos los humanos. Vale la pena escribir, vale la pena amar, vale la pena vivir, pero tampoco necesitas creerte más de lo que eres para que lo valga. Sólo escribes para los humanos y, si los humanos dejan de existir, tu trabajo no servirá de nada. Lo mismo para los doctores, los barrenderos, los abogados, los panaderos. No eres mejor que ellos. No eres mejor que nadie, sólo eres un engrane más en la sociedad de una especie que en cualquier momento puede desaparecer. Y aún así, nos seguimos peleando para definir qué es literatura y qué no, cuando lo importante no es eso, sino que siempre haya un joven que sin entender bien por qué, sienta unas ganas incontenibles de escribir lo que trae en el corazón.

M.R.: Tu trabajo, según mi lectura, está centrado en la experiencia. Siempre hay algo de autobiográfico en lo que se escribe, pero creo que en tu caso, particularmente, esto es explotado a tal punto que acaba resultando muy fácil relacionarse empáticamente con aquello que produces. Leo una juventud definida por lo efímero, el consumo de drogas, la aparente imposibilidad de que algo como el amor pueda existir bajo estas circunstancias en un lugar como es, además, la Ciudad de México. Noto, también, una gran influencia de la música. Desde su presencia vital en tus escritos (Velvet, tu primer libro, venía acompañado de una banda sonora), como a la hora del performance (Ashauri tiene un estilo de lectura en voz alta que en ocasiones tiende al rap) acompañado de visuales y música, y el hecho de que dirijas precisamente videos musicales de artistas independientes. ¿Es de la música y la experiencia de vida, más que de la experiencia de lectura (de libros), de lo que se nutre Ashauri para crear? ¿Tengo razón cuando digo que es inseparable la música de tu escritura? ¿Cuál es el soundtrack de la vida de Ashauri López?

A.L.: Cuando tenía dieciocho años, descubrí que la clave para cualquier texto era el ritmo de imágenes, de palabras, de emociones. Que la existencia humana misma, desde el latido del corazón hasta la manera en que las modas se van y regresan, forman parte de una melodía cósmica que no deja de sonar en ningún momento, y que está definida por el tiempo. Todo tiene su ritmo, y quizás la mejor manera de encontrarlo es a través de la música. Cada que escucho una canción, aparecen en mi cabeza cientos de imágenes, como si se tratara de un carrusel de diapositivas muy veloz. La mayoría son closeups, detalles que definen lo que esa canción me hace sentir, las historias que me provoca. Esto se ve reflejado principalmente en mis videoclips, que pueden tener de 70 a 250 tomas y crean una sensación de baile visual que es muy parecido a lo que sucede en mi cabeza cuando escucho una canción o cuando escribo. La música definitivamente es lo que más me inspira a escribir, y es lo que me da ritmo. Desde el sonido de las teclas cuando escribo, hasta una banda en la calle, cualquier tipo de sonido me saca frases y, bueno, es por eso que todo lo que escribo es también música. Por eso es que leer en vivo acompañado de música, los videos y los soundtracks fueron todas consecuencias obvias.

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