Fosa común

Entrevista a Ashauri López (primera parte)

El cliché, con toda razón, nos dice: si muchos lo odian, seguramente algo está haciendo bien. Tal es el caso de Ashauri López, polémico (por emplear un calificativo) escritor, director de videos musicales, y una de las pocas mentes creativas en México capaces de llenar cualquiera que sea el recinto en que se presente. Su principal herramienta (de publicación, autopromoción, etc.): internet. Elegí conversar con él porque me parece que el suyo es, en nuestro país, el primer gran nombre de una generación de creativos cuyo trabajo está cambiando la forma en que entendemos el arte, la comunicación e incluso nuestras propias vidas. Una generación anclada en la red que significa la primera línea de ataque de toda la revolución que será un siglo del que apenas sabemos nada, pero ya somos capaces de imaginarlo todo. Una generación a la que, además, pertenezco, y tal pertenencia me obliga, cuando menos, a hacer un esfuerzo por comprenderla. Así que, sin más, fanáticos y detractores, dejo con ustedes la conversación que mantuve vía correo electrónico con Ashauri López, un artista underground que, no obstante, tiene agotados los tirajes de sus libros.

Martín Rangel: Cuando uno repasa tu trayectoria, hay varias cosas que saltan a la vista. Eres un escritor que no ha publicado un solo libro bajo un fondo editorial del estado, nada de becas, casi nula relación con el panorama literario, la mayor parte de tu trabajo se encuentra disponible para leer gratuitamente en internet y, lo que es más importante, tienes detrás a una horda creciente de seguidores que consumen y comparten tus productos. ¿Cómo ha sido posible, para ti, cosechar una carrera exitosa manteniéndote al margen de lo mencionado anteriormente? ¿Ha sido esa, precisamente, la clave del éxito que disfrutas?

Ashauri López: No sé si esa es la clave del éxito, pero sin duda ayudó bastante. Cuando tenía 16 años y empezaba a escribir de manera más formal, me di cuenta de que la mayoría de los escritores jóvenes buscan una beca o un apoyo del estado para publicar, y si no los obtienen, pues no publican y se amargan y hablan mal de los que sí los obtuvieron. Esto para mí fue un problema porque, para empezar, soy pésimo con los trámites. También está el hecho de que soy una persona con un perfil alejado del escritor tradicional: no hablo de libros todo el tiempo, no estoy “enamorado de la literatura” de la manera en que a muchos se les ha enseñado a enamorarse. Convivo con pocos escritores porque, en su mayoría, me parecen muy egocéntricos y me da flojera la gente así. Yo soy más de gente ordinaria que no se siente más que el mundo por lo que hace. La verdad es que juntarme con otros y armar una compilación, o decirle “maestro” a un escritor más viejo hasta que me recomiende con su editora, nunca fueron opciones. Yo quería que me leyeran, pero no quería formar parte de esa mafia de egos que es la literatura en México. Así que busqué otra vía, una en donde un tipo como yo —que sólo quería ser leído sin ninguna otra pretensión— pudiera ganar un grupo de lectores. Me inventé mi propio camino: entrar a una agencia de publicidad para aprender a vender con el objetivo de promocionar mis letras en internet sin ayuda de nadie. Este asunto de la agencia es una de las cosas por las que más me han señalado otros escritores, como si autopromocionarse fuera algo indigno. No entienden que no necesitas de apoyos porque puedes obtener las cosas por ti mismo. Creo que ese es un problema que tienen muchos artistas jóvenes en nuestro país, creen que sólo por ser sensibles y tener la capacidad de expresarlo en un lienzo ya el mundo les debe algo. Se duermen en sus laureles mientras chillan por ser incomprendidos y haber sido abandonados. A mi gusto, las becas promueven ese tipo de artistas que sólo están interesados en escribir para el gusto de los jueces y de gente que no tiene nada que ver con el público que tenemos en México. Dime tú: ¿qué artista en verdad relevante para el público mexicano cuenta con una beca de joven creador o similares? En su mayoría son desconocidos, y muchos no llegan a hacer nada importante. Sólo se dedican a satisfacer el gusto de un grupo limitado de gente: sus amigos, sus maestros y ese “público lector” que, gracias a esta misma situación, cada día es menor.

M.R.: Es sabido, aunque en México son todavía muy pocos los escritores que se han atrevido a verlo, que resulta absolutamente inútil dedicar la vida a construir una obra desatinada únicamente a ser consumida por otros escritores. Es necesario comenzar a escribir para la gente. Sin embargo, aquí hay dos cosas: E.L. James y Paulo Coelho son dos ejemplos de autores que escriben para la gente. ¿Cómo te plantas frente al hecho de abrir tu obra al mayor número de lectores posible sin sacrificar cierta intención artística, aquello que nos hace decir ‘esto, a pesar de ser sencillo, no es simplón y funciona’? ¿Cómo asumes esa dificultad?

A.L.: Yo creo que un buen texto debe de funcionar en varios niveles. Uno es el nivel más superficial, que es muy importante puesto que vivimos en un mundo donde el público tiene tan poco tiempo que, si no es convencido por lo superficial, no se dejará llevar a cuestiones más profundas. Tu texto debe poder ser leído y disfrutado por cualquiera, esto se logra escribiendo con un lenguaje no rebuscado y basado en cómo la gente habla en tu contexto. Con un buen ritmo y fluidez. Después viene un nivel medio, en donde ejemplificas tu punto con situaciones que conecten con el lector emocionalmente. Puedes hablar de dragones interestelares si quieres, pero el ancla son las emociones y las situaciones. Hace tiempo me di cuenta que todo en el universo es lo mismo: nosotros estamos emocionalmente regidos bajo las mismas leyes físicas que toda nuestra dimensión. Cada emoción es como un big bang en nuestro corazón. Estalla, se expande, se contrae y desaparece. Por lo que, para poder tocar al otro a través de tus textos, sólo debes de escribir cosas que te desgarren a ti. En el último nivel está el sentido real de tu texto, esa cosa que ni tú mismo entiendes, pero que tus letras te hacen entender. Imágenes que ya traías dentro y, sin embargo, no eras capaz de expresar. Este es el punto más importante de escribir, yo le llamo “el abismo” y aventarse a él es difícil y doloroso. He visto a muchos escritores desarrollar un estilo digerible (primer nivel), conectar con sus lectores a través de situaciones emocionales (segundo nivel), pero a muy pocos los he visto aventarse al abismo. Paulo Coelho, a mí gusto, no se avienta al abismo, y por eso es tan odiado. En el caso específico de él y otros autores enmarcados en los libros de autoayuda, nunca he tenido una mala opinión. Creo que eso de hacer menos un tipo de escritura que ayuda a mucha gente a ser feliz, es egoísta. Digo, no todos estamos destinados a encontrar el sentido de nuestra vida en El Aleph, o en Crimen y Castigo. A mí no me gustan los textos de autoayuda, pero, ¿cuál es el problema de que haya gente a la que sí? Quizá se tiene la idea de que ese tipo de libros hacen que la gente no lea los libros importantes, pero, ¿en serio son tan importantes si a nadie le interesa leerlos? La gente no va a empezar a leer textos más profundos si quemamos y borramos todos los textos de Paulo Coelho. La literatura profunda ya había perdido a los lectores de libros de autoayuda antes siquiera de que estos existieran. Creo que, en lugar de burlarse de Paulo, se debería aprender sobre cómo obtuvo a su público y aplicar sus técnicas de promoción y seducción de lectores para que esos libros que consideramos más importantes en verdad lo sean para muchos.

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