Fosa común

Eli (segunda parte)

Óscar se detuvo al costado de una estación de trenes abandonada. Cuando el chorro de orina salía liberado de su cuerpo, sintió el primer alivio en horas de viaje. ¿Por qué no te bajas a estirar las piernas?. ¿Dónde estamos?, preguntó Eli, y jaló la manija para abrir la portezuela del carro. Anduvo a tientas por todo el costado izquierdo del auto de su padre, hasta recargarse finalmente en la defensa. Allí encendió un cigarrillo de los que le había dado su amigo, y estiró la mano hacia cualquier lado ofreciéndole uno más. Fumaron. A través de las ventanas abiertas se escuchaba Fortunate son, como si siguieran sobre el camino. Eli pensó en lo que diría su padre si lo estuviera viendo, a kilómetros de casa, con su auto detenido en ningún lugar, y escuchando su cassette favorito de todos los tiempos. Seguramente acariciaría el recuerdo de su barba y diría “no hay miedo, hermano”, o deslizaría sus anteojos hasta la punta de su nariz en un gesto de desaprobación. Eli pensó en lo que fue, lo que será, y cómo todo eso cambia. Cómo al salir de su casa por la madrugada no dejaba de preguntarle a Óscar si nadie los estaba siguiendo, y cómo ahora fumaba junto a su amigo, escuchando la música. A fin de cuentas era su cumpleaños, y nadie en horas de viaje sabía siquiera su nombre. ¿Ya viste dónde estamos?, preguntó Óscar. Eli le lanzó la colilla todavía encendida de su cigarro. Rieron. No, pero sé que todavía no llegamos. Entonces volvieron a subir al auto y Eli supo que comenzaba a anochecer porque la luz que se colaba entre sus párpados cerrados ya no lo obligaba a fruncir el ceño.

El mundo es una nota musical. Las personas son el rostro que imagino tras el sonido de su voz. He olvidado la forma de las cosas. Creo conocer todo lo que tocan mis manos. Desconozco aquello que no roza mi piel. El mundo es una playa gigante y yo soy la línea rompiente. Lo que existe es la marea que toca, la marea que se aproxima y yo estoy en medio, estático. Si me muevo de un lado hacia otro, eso no lo sé. Mi hogar es la sombra, el lugar fantasma que es el silencio en los ojos. La oscuridad es el silencio en los ojos. El rostro del mundo es la luz que filtran mis párpados, y es demasiado para un hombre.  Yo soy el hombre, quiero decir, el muchacho, quiero decir, la muerte segura que es arrojarse al vuelo con las alas derretidas.

Óscar apagó las luces y el motor del auto. El Thunderbird turquesa resopló como bestia cansada mientras los dos muchachos ponían los pies sobre el camino de piedra. Eli caminó detrás del sonido de las botas de su amigo, con las manos en los bolsillos. Nunca me atreví a decírselo a nadie. Está bien, Eli. Esas cosas son difíciles de contar, pero... ¿Es aquí? Sí, aquí es. Eli escuchó cierto murmullo que, pasos adelante, descifró como una melodía. Era el coro, ahora clarísimo, de Have you ever seen the rain? Entonces Eli abrió los ojos. Frente a él, como en un sueño, dos muchachos fumando, a bordo de un automóvil color turquesa, devorando un camino desierto, con la grabadora de baterías dando a Creedence a todo volumen.

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