Fosa común

Eli (primera parte)

Nada, dijo Eli.

Cumplía quince y Óscar, su mejor amigo, conducía a toda velocidad el Thunderbird turquesa de su padre. Del cincuenta y cinco. Primera generación. Classic Bird. La carretera estatal, desierta. Una franja blanca intermitente partía en dos mitades el gris caliente del asfalto. Otra franja blanca, ininterrumpida, atravesaba el tablero del Ford de izquierda a derecha, redondeaba en el centro del volante y se llenaba de botones negros justo en medio, donde descansaba la radio inservible. Casi una pieza de museo. Entre los dos asientos sonaba la grabadora de baterías. Un cassette de Creedence, elección de Eli, que con los ojos cerrados tarareaba y mecía la cabeza. Óscar seguía ensimismado en su labor de pisar el pedal. Sus ojos fijos en la línea final que separaba el cielo del camino. Ese día la línea ondulaba, el calor seco se metía aún debajo de las camisas sin mangas de los dos muchachos.

¿Hacia dónde vamos?, preguntó Eli. Óscar volteaba a verlo por primera vez en horas de camino. Una mecha de cabello castaño a rizos le alcanzó la punta de la nariz. La echó a un lado con un ademán violento que le resaltó los músculos del cuello. Era evidentemente mayor a él. Asómate. No puedo. Me caga tener que decirte cómo es cada cosa que no quieres o no te atreves o no sé qué chingados te pasa que no abres los ojos. Entonces Óscar apretaba los dientes y fruncía los labios hasta casi desaparecerlos. Además ahora no hay nada qué ver. Sólo está el camino. Óscar volvía a hablar, en un tono más sereno, Y Eli, silencioso, con la mirada al frente, hurgaba a tientas sus bolsillos con ambas manos. Sacó del izquierdo un encendedor violeta con la mano derecha. Con la izquierda, cuidadosamente, un envoltorio de papel periódico del bolsillo opuesto y puso ambas cosas sobre el verde militar de sus bermudas.

¿Traes...?, preguntó a Óscar, quien, antes de siquiera dejarlo terminar, metió una mano debajo del volante y le tendió una caja de Camels semi vacía. Al mirar que Eli no la tomaba (llevaba los ojos fijos en el camino) la lanzó hacía la zona de sus muslos, donde  estaban el envoltorio y el encendedor. Eli sintió el golpe y acomodó los cigarrillos sobre su rodilla mientras movía la palanca que hacía bajar el cristal del auto. Sacó uno del empaque y comenzó a girarlo entre sus dedos por el exterior de la ventanilla. Sintió cómo el viento refrescaba su mano blanca, lampiña. Con las uñas perfectamente recortadas. Siguió girando el cigarillo entre sus dedos pulgar e índice y las primeras partículas de tabaco asomaron fuera del papel. Hace un chingo de calor, ¿no?. Ya dime a dónde vamos. Sólo te puedo decir que va a ser el mejor cumpleaños de tu vida. ¿Invitaste a alguien? No, a nadie. ¿Entonces?  El clásico turquesa devoraba la carretera y dejaba a su paso una estela de polvo marrón. Eli volvió a poner el brazo dentro del auto cuando escuchó el sonido que hace el papel al frotarse contra sí mismo. Tomó el cigarrillo vació con cuidado de no doblarlo y lo puso entre sus labios. Óscar miraba de reojo, con las manos fijas al volante, cómo su amigo movía las puntas de sus dedos sobre un montoncito de marihuana, sólo apartándolos de vez en cuando para retirar una semilla y lanzarla por la ventanilla abierta. Eli preparó su toque con una pericia inexplicable tratándose de alguien que mantiene los ojos cerrados. Así lo recordaban todos. Eli con los párpados siempre juntos, como en un sueño permanente en el que se había sumido mucho antes de llegar a  esta ciudad. Y nadie sabía por qué.

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