Fosa común

DXM (segunda parte)

Meseta 2

El sonido como de algo que golpea fuerte tu ventana te hace volver al mundo. Estás frente a tu laptop, sentado. Tienes miedo de ponerte en pie. Los latidos ya son más regulares. Te pones de pie. Caminas hacia la ventana para averiguar qué cosa hizo ese ruido que te hizo atravesar años luz en cuestión de nada. Desde las selvas tropicales de Júpiter hasta la sala de tu departamento en un tronido de dedos. Pones tus dedos sobre la tela de la cortina. Tiene polvo. Jalas la cortina hacia uno de los dos lados hacia los cuales es posible jalarla. Miras a través de la ventana la avenida transitada. Un señor con un delantal blanco fuma afuera de su negocio. Un muchacho con un saco muy parecido al tuyo, unos zapatos que jurarías idénticos camina hacia él y luego se detiene. Piensa por un momento y después emprende el camino de regreso. La música ya no está sonando. Vuelves hacia tu computadora y esta vez pones algo más. Necesitas un poco más de tranquilidad, todo está muy desordenado dentro de tu cabeza. Mientras eliges poner Held, el álbum de Holy Other te sorprende otro sonido. Esta vez alguien toca a la puerta. No, no tocan a la puerta. Alguien abre la puerta de tu departamento. Te asustas y caminas hasta una de las esquinas de la sala, donde hay un mueble grande detrás del cual puedes esconderte. Te escondes. El sonido ahora es el de una puerta que se abre. El muchacho que caminó hacia un momento en dirección al hombre del delantal que fumaba está ahí, entrando a tu departamento. Lleva puesto tu mismo saco, los zapatos son los mismos. Cuando te das cuenta que eres tú la música se interrumpe de súbito. El sonido que ahora arrojan las bocinas de tu computadora es el de una extraña combinación entre la selva y el espacio.

Meseta 3

Ella está tendida sobre su cama. Tu mirada no puede sino quedarse quieta, haciendo lo posible por capturar el marco completo y no desviar la atención hacia ninguna otra cosa. El marco completo, decía. Ella está tendida sobre su cama y tú lo único que atinas a hacer es mirarla. Ella te mira también. Hay diferentes matices entre la mirada de ella y la tuya. La tuya es una mirada atónita, estéril. La de ella tiene un grado mayor de profundidad. Como si algo que saliera de sus ojos fuera capaz de hacerte daño. Como si pudiera atravesar tu carne, chocar con la pared y volver al espacio de sus ojos en un segundo. Ella está desnuda. Ella te mira desnuda y su mirada también está desnuda, por eso te incomoda. Por eso tu mirada quieta, por eso tu cuerpo congelado. No serás tú el que aproxime su cuerpo, el que acaricie por primera vez en esa tarde su cuerpo. No serás tú sino ella quien se levantará de la cama y tomará tu mano. No será tu mano la que haga el movimiento pertinente para que el calor que anida en el cuerpo de ella se manifieste en algo tan simple como un gemido. En algo tan complejo como un parpadeo, luego de mantener la mirada fija tanto tiempo. Ella aproxima su boca a tu oído. Dónde termina tu cuerpo. Dónde comienza. Las fronteras entre tu cuerpo y el cielo, piensa, y también lo dice o más bien lo tararea. Dónde termina tu cuerpo y empieza el cielo. Voy por tu cuerpo, quiero decir, voy por tu cielo, quiero decir, voy por tu cuerpo que es el cielo como por el mundo que es apenas este instante. El mundo que es apenas mi palabra. El mundo que es tan solo a través de mi palabra, que a su vez es cuerpo (si te nombra) y es el cielo también. Ella aproxima su boca a tu oído y lo siguiente que pasa es que todo se vuelve negro y no hay más palabras ni más mundos ni más cielos ni más nada.

Meseta 4

Despiertas. Te frotas las manos para asegurarte de que tu cuerpo está en el lugar de siempre. En algún momento que no sabes decir te quedaste dormido detrás del mueble grande que está en una esquina de tu sala, en tu departamento. No puedes recordar nada. Vuelves a la cama, te recuestas. Quieres saber, intentas estar seguro de lo que acaba de pasar. Haces todo lo posible por reconstruir los eventos pasados, recostado sobre tu cama, ¿de acuerdo?. Piensas que no te vendría mal cierta compañía. Quizás si hablaras con alguien tendrías la oportunidad de despejar un poco tu cabeza. Ese alguien llega y se llama F. F es tu amigo de hace tiempo, fueron juntos a la prepa. F te mira muy raro. ¿Por qué tienes la boca roja? Caminas hacia el espejo de tu baño y abres la boca. Tu lengua está roja y tus dientes también están rojos. Mueves tu lengua a lo largo de tu paladar como intentando encontrar algún sabor perdido. Lo encuentras. Cereza sintética. Otra vez el episodio de la infancia, frente a tu madre, la cuchara y todo eso. Todo en un segundo. Te miras al espejo, miras tus ojos. Tus pupilas están como del tamaño de Júpiter. Tienes la impresión, de pronto, de no estar mirándote a ti, sino a alguien más que está del otro lado de un cristal transparente sobrepuesto en la pared de tu baño.

jmrn23@gmail.com