La ciencia por gusto

La crisis de las vacunas

El pasado 14 de febrero, MILENIO Diario publicó una nota inquietante. “Sin vacunación completa, 60% de niños mexicanos”, anunciaba el encabezado.

La nota, basada en información emitida por el Instituto Nacional de Salud Pública de la Secretaría de Salud, está basada en la Encuesta Nacional de Niños, Niñas y Mujeres (ENIM) 2015, realizada por el propio INSP conjuntamente con el Unicef, destacó esta información de entre una enorme cantidad de datos que describen el estado de estos grupos en nuestro país, como lactancia, nutrición, salud, alfabetización y otros.

¿Por qué, entre toda esta riqueza de datos, destacar el asunto de las vacunas?

En mi opinión, porque el tema es urgente y grave. El informe reporta que menos de 35 por ciento de los niños de entre 24 y 35 meses han recibido completas sus vacunas. También que a 54 por ciento le hacen falta una o más vacunas para completar su Esquema Nacional de Vacunación. Y más preocupante: 6 por ciento no había recibido ninguna vacuna.

Pero hay más sorpresas: contra lo que se podría esperar, la región que presenta los mayores rezagos en la cobertura de vacunación en el país es  la zona conurbada de la Ciudad de México-Estado de México, “donde 9 por ciento de los niños y niñas de 12 a 23 meses no habían recibido ninguna vacuna”. Además, los hogares que tienen el menor porcentaje de cobertura en el país son tanto los más pobres (9%) como los más ricos (8%); los que tienen mejor cobertura son los de nivel medio. En general, “Los niños y niñas residentes en zonas rurales presentaron prevalencias más elevadas de cobertura de vacunación, comparados con los residentes en zonas urbanas”.

¿Cómo explicar estos datos? Probablemente parte de la respuesta sean las intensas campañas de vacunación que se llevan a cabo en regiones rurales, mientras que en las ciudades la vacunación depende más bien de la iniciativa de los padres.

Pero yo tengo la sospecha de que también la difusión de ideas carentes de base científica, pero preocupantemente populares, sobre los inexistentes “daños” que las vacunas pudieran causar en los infantes, están comenzando a influir en los niveles de vacunación de nuestro país.

Desde que en 1998 el médico inglés Andrew Wakefield publicara un artículo fraudulento en la famosa revisa The Lancet, donde supuestamente probaba que la vacuna triple vírica o SRP (contra sarampión, paperas y rubéola) podía tener relación con el autismo en infantes, surgió un movimiento antivacunas que, contra toda la evidencia, se ha extendido y está causando graves daños.

Wakefield culpaba al timerosal, compuesto que contiene mercurio y se usaba como conservador en las vacunas, de causar autismo. Aunque se sabía que era perfectamente inocuo, hoy se ha dejado de usar.

No obstante, dichas ideas siguen propagándose. Hoy, mientras aumentan los casos de brotes de enfermedades antes controladas en Estados Unidos y Europa, y mientras Donald Trump nombra a un representante del movimiento antivacunas, Robert Kennedy Jr., como miembro de un comité para investigar ¡la seguridad de las vacunas!, en México cada vez más personas dejan de vacunar a sus hijos.

Ojalá  me equivoque, pero temo que habrá que reforzar las campañas de información, educación y vacunación, o podríamos enfrentar el resurgimiento de flagelos del pasado.

mbonfil@unam.mx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM