La ciencia por gusto

Ciencia y no ciencia

Con frecuencia abordo en este espacio temas que tienen que ver con disciplinas que, sin tener sustento ni reconocimiento científico, se presentan como ciencia: pseudociencias.

Invariablemente, recibo mensajes de lectores inconformes y molestos, que me tildan de dogmático, intolerante o ignorante. Invariablemente, también, quienes así opinan son creyentes fervorosos en la pseudociencia abordada en mi texto.

El universo de las pseudociencias es infinitamente amplio y variado. Caben en ella locuras que cualquier persona medianamente sensata e informada rechazaría como absurdas —que la Tierra es plana o que estamos gobernados por extraterrestres reptilianos—, y otras que, aunque absurdas, forman ya parte de cierta cultura popular y tienen numerosos seguidores: la creencia en ovnis tripulados por extraterrestres, en fantasmas o las dudas sobre si la NASA logró realmente llevar hombres a la Luna.

Muchas pseudociencias se basan simplemente en la falta de información, sumada a la tendencia humana a creer en aquello que nos “suena” bien y coincide con nuestras creencias previas. Otras, en cambio, incluyen ideas místicas, como la creencia en fuerzas sobrenaturales que influyen en los sucesos que del universo (energías vitales, leyes de la atracción o karma que suponen que “las cosas pasan por algo”, etcétera).

Particularmente peligrosas y dañinas son las pseudociencias médicas, que suelen mezclar aspectos místicos hace mucho refutados por la investigación médica, como la creencia en “energías” misteriosas que controlan la salud y la enfermedad (vitalismo).

Los defensores de estas pseudomedicinas atacan siempre a la medicina científica, acusándola de “reduccionista” y “materialista”. Pero la investigación rigurosa jamás ha podido demostrar la efectividad de estas terapias. Si lo lograra, la comunidad médica y científica adoptaría inmediatamente sus resultados y buscaría la manera de aplicarlos y mejorarlos.

Parecería que, si hay tantas “medicinas alternativas” y teorías intrigantes no aceptadas por la ciencia, y si tanta gente cree en ellas, al menos algunas deberían ser ciertas; sin embargo, en ciencia se requiere evidencia rigurosa y sistemática antes de aceptar una teoría.

Si pensamos en la ciencia como un círculo de conocimiento confiable que se va expandiendo en el infinito campo de lo que ignoramos, en su interior hay teorías sólidas, aceptadas por el consenso de la comunidad científica, y que cuentan con abundante evidencia experimental que las avala. En sus orillas, un tanto borrosas, hay otras teorías que se consideran prometedoras y que, aunque quizá aún no cuenten con suficiente evidencia, son coherentes con el resto del conocimiento científico y pueden llegar a ser aceptadas.

Pero las pseudociencias se hallan claramente fuera de este círculo: además de carecer de evidencia, contradicen el conocimiento científico aceptado. Por lógicas que suenen, por más que nos gustaría que fueran ciertas, no pueden ser consideradas como ciencia.

El ser humano tiene una sorprendente tendencia a engañarse a sí mismo. La ciencia es el método más útil que ha logrado desarrollar, a lo largo de su historia, para contrarrestar esa tendencia. Mantener y defender la división entre ciencia y pseudociencia no es intolerancia ni dogmatismo. Es control de calidad.

mbonfil@unam.mx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM