La ciencia por gusto

Filosofando

Recientemente participé en una discusión sobre filosofía de la ciencia en Facebook. Como ocurre cuando hay suerte, se puso muy buena: los que participamos acabamos todos aprendiendo algo.

Entre los problemas clásicos que aborda la filosofía de la ciencia están los que tienen que ver con la naturaleza de la realidad (¿existe el mundo, o es un sueño, una alucinación, una realidad virtual?, ¿cómo podemos saberlo?) y la manera en que podemos adquirir conocimiento sobre ella (¿basta con reflexionar sobre el mundo, como los antiguos griegos?, ¿basta con, además, confrontar nuestras hipótesis con los datos que obtenemos al observar la naturaleza con nuestros sentidos o nuestros instrumentos?).

A muchos científicos y apasionados de la ciencia les parece que estas preguntas son una pérdida de tiempo. Que una roca existe se comprueba golpeándonos con ella. Pero la verdad es que hay muchas cosas en ciencia —electrones, cuarks, genes, instintos, especies, enlaces químicos— que existen más como abstracciones y generalizaciones artificiales para darle sentido al mundo que como objetos concretos.

Por otro lado, es cierto que existen muchos estafadores que venden las más absurdas charlatanerías como “ciencia”. Y hay también muchos chiflados que presentan como “ciencia” ideas tan peligrosas y falsas como que no existe el calentamiento global, que el sida no es contagioso o que las vacunas causan autismo. Ante gente así, es natural que los defensores del pensamiento científico recurramos al pragmatismo. La ciencia funciona: lo probamos al aplicarla.

Pero más allá del combate a pseudociencias y charlatanerías, es una lástima que tantos entusiastas de la ciencia desprecien la filosofía. Entre otras cosas porque llegan a pensar cosas como que “la ciencia puede explicar cualquier cosa”, o que cualquier tipo de conocimiento distinto al científico es mera especulación sin valor. Caen así en el vicio filosófico conocido como cientificismo: la confianza en la ciencia convertida en fanatismo.

Y no: hay problemas que la ciencia no puede resolver. Además de la ya mencionada existencia de la realidad, la existencia o inexistencia de un dios, el valor estético de una obra de arte o el valor ético de un acción humana… Lo cual no quiere decir, claro, que no pueda estudiar dichos problemas y ayudar a comprenderlos mejor.

Las ciencias —al menos las naturales— estudian el mundo físico que nos rodea. Y son, sin la menor duda, el mejor método que tenemos para obtener conocimiento sobre él. Dicho conocimiento, aunque no es absoluto y se refina constantemente, es confiable. Pero la ciencia, a diferencia de las matemáticas, no produce verdades.

Apreciar y confiar en la ciencia es importante, sobre todo para combatir a estafadores y enemigos del pensamiento racional. Pero despreciar su filosofía es cegarnos ante los problemas, limitaciones y sí, defectos que la ciencia, como producto humano, inevitablemente presenta.

Al final, creo que es mejor defender una imagen realista de la ciencia, con defectos y todo, que quererla convertir en una princesa ideal de cuento.

mbonfil@unam.mx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM